viernes, 26 de junio de 2026

 Hay veces en las que me quedo sin palabras, entonces solo me queda ir hacia la pintura para reencontrarme. Hay veces en las que camino a ciegas en la oscuridad, entonces escribo para poner luz donde no la hay, límites claros, construyo estructuras de ideas que me sostienen, cuando todo cae. La escritura me da grandes satisfacciones, cuando logro exteriorizar lo que ni sabía que pensaba y que, al verlo escrito, aumenta mi grado de conciencia, creo. Pero siempre vuelvo a la pintura, porque ella es la que representa la pasión, el inconsciente más puro, el desborde, como es el desborde de la vida, que uno trata de encauzar y se va de la línea, del trazo. Una construye una casita, un rostro sonriente que cuando los observa están muertos, vacíos. Y en el momento más inesperado, una mancha, un chorreado, un trazo inesperado que recorre el cartón de punta a punta, disuelven un mundo para que se pueda volver a empezar. Destruir para renacer. Quizás en la vida sea riesgoso, pero ella se encarga de eso. Como el Dios Shiva, de los hindúes, que danza y destruye mundos, en la pintura a veces hacemos lo mismo, destruimos, arrasamos para que algo nuevo emerja. Lo nuevo será inesperado o no será nada. No sabemos qué es de antemano. Solo nos entregamos al misterio del pincel que recorre la hoja de lado a lado y la puebla de colores que gradualmente le van dando sentido. Y de a poco, vamos comprendiendo que esa pequeña gran historia se cierra y la vamos abandonando, para que pueda nacer otra.

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