Desde algún lugar oscuro, casi inaccesible, surge una idea. Cubierta de barro y algas emerge, misteriosa, como si estuviera encriptada en algún antiguo códice que tuviéramos que descifrar. Con más o menos dificultad, la enjuagamos y traducimos a un pensamiento, en principio tosco, en bruto, como un diamante sin pulir. Con esfuerzo, buscamos el modo de verbalizarlo, de comunicarlo, esquivando las mil y una barreras que tenemos construidas a la defensiva, de modo de no ofender a nadie, de ser amable, condescendiente, en fin, una persona razonable. Pero a veces desde la profunda oscuridad surgen presiones intolerables y uno a uno van cayendo los filtros. Hablamos, decimos. Y el mundo se estremece cuando de una vez por todas la traducción es correcta, refleja lo que somos y veníamos callando y hasta nos sorprende a nosotros mismos. El ejercicio de destrabar todas estas barreras es lo que hacemos con la terapia, con la escritura, con el diálogo sostenido con las personas adecuadas a lo largo del tiempo. Aprendemos a ser honestos con nosotros mismos y con los demás, de un modo inesperado, que cada día nos sorprende más. Es que callábamos porque no teníamos palabras y de a poco fueron apareciendo, como las luces de la mañana que desde entonces brilla un poco más.
viernes, 19 de junio de 2026
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