sábado, 27 de junio de 2026

 En química, la ley de conservación de la masa, de Lavoisier dice que, en un sistema cerrado, la masa de los reactivos es igual a la de los productos que se generan en una reacción determinada. Nuestro planeta es un sistema abierto, pero si pensamos en los recursos naturales, nuestros reactivos, fundamentalmente el suelo, de donde proviene nuestro alimento, en nuestro rol de consumidores de la cadena alimentaria, se agota. Necesita tiempo de descanso entre cultivos, para permitir que los ciclos bio-geoquímicos de los nutrientes se complete, la degradación del carbono, del nitrógeno, fósforo, entre otros. Toda nuestra riqueza proviene del suelo, ya que de él se nutren los vegetales, de ellos los animales y finalmente nosotros, la especie humana. Todo proviene del suelo y todo vuelve al suelo, incluso nosotros. Del polvo vienes y al polvo volverás. Esa es nuestra riqueza. El suelo y el agua, la dadora de vida, el medio en el que se originó la vida, hace 4.000 millones de años, en los mares. El agua que compone el 70% de nuestro organismo, sin la cual no podemos vivir. La tierra y el agua. Y los bosques y las selvas, los pulmones del planeta en donde se sintetizan las mayores cantidades de celulosa y los generadores del oxígeno que respiramos, mediante la fotosíntesis. La tierra, el agua, las plantas. Y los microorganismos, los responsables de la degradación de la materia orgánica, pero que no pueden degradar las enormes cantidades de plásticos que se liberan al medio ambiente. Y los antiguos fósiles generando hidrocarburos, fuentes de energía no renovables, contaminantes y que se agotan. Y los minerales, desde las entrañas de las montañas, el litio, de las salinas y nuevamente el agua, entre otras cosas consumida por la Inteligencia Artificial, la misma que está transformando nuestro mundo. Generar un texto de 100 palabras en Chat GPT equivale a consumir medio litro de agua, porque los servidores que operan en centros de datos generan cantidades masivas de calor al realizar los miles de cálculos necesarios para cada respuesta (fuente: National Geographic España). Consume ese agua que, entre otras cosas viene de los glaciares, ese agua que se usa para hacer fracturación hidráulica o fracking (inyectar agua a presión para extraer gas natural y petróleo de yacimientos no convencionales) y además la contamina, porque genera fugas químicas, libera metano, que como corolario contribuye al calentamiento climático. Seguro que algo se me olvida, por eso repaso: el suelo, el agua, el aire, ¿qué más? Hoy en algunos lugares se realizan fogatas, celebrando la pasada Noche de San Juan. Hace días fue el solsticio, el día en que pueblos andinos como los mapuches, esos que fueron desalojados de sus tierras, celebran el inicio del año, el punto de retorno del sol, que regresa de la más plena oscuridad. ¿Estaremos en camino como humanidad a la oscuridad más plena, podremos seguir viendo cómo oscurece confiando en que algún día vuelva a amanecer? ¿Podremos encender algunas fogatas en medio de la noche para darnos calor y abrigo? Compartir lo que somos y tenemos, como sea. Compartir sobre todo la esperanza.



 Di-vertirse o dis-traerse, contienen en su palabra, los prefijos di o dis, que etimológicamente vienen del verbo latín divertere, que significa "separarse o llevar por varios lados". También podríamos decir entonces que significa "girar en dirección opuesta o apartarse del camino". La pregunta sería ¿de qué camino nos apartamos? ¿De qué nos estamos separando? No será que nos estamos apartando de nosotros mismos, para evitar formularnos alguna que otra pregunta, que nos perturbe o incomode?

 Hubo un tiempo en que fuimos niños/as, en los que las estrellas se caían del cielo, en donde las flores eran gigantes y los aviones se idolatraban. En esos tiempos dibujábamos como respirábamos, sin pensar y con una decisión que hoy quisiéramos, con una ciega confianza de que nuestros trazos nos representaban y las maestras nos preguntaban ingenuamente qué eran, como si los dibujos no hablaran por sí mismos. Mis 4 años siguen hablando desde lejos, por eso los copio, como si quisiera recuperar un poco de mi antigua sabiduría infantil.



viernes, 26 de junio de 2026

 Hay veces en las que me quedo sin palabras, entonces solo me queda ir hacia la pintura para reencontrarme. Hay veces en las que camino a ciegas en la oscuridad, entonces escribo para poner luz donde no la hay, límites claros, construyo estructuras de ideas que me sostienen, cuando todo cae. La escritura me da grandes satisfacciones, cuando logro exteriorizar lo que ni sabía que pensaba y que, al verlo escrito, aumenta mi grado de conciencia, creo. Pero siempre vuelvo a la pintura, porque ella es la que representa la pasión, el inconsciente más puro, el desborde, como es el desborde de la vida, que uno trata de encauzar y se va de la línea, del trazo. Una construye una casita, un rostro sonriente que cuando los observa están muertos, vacíos. Y en el momento más inesperado, una mancha, un chorreado, un trazo inesperado que recorre el cartón de punta a punta, disuelven un mundo para que se pueda volver a empezar. Destruir para renacer. Quizás en la vida sea riesgoso, pero ella se encarga de eso. Como el Dios Shiva, de los hindúes, que danza y destruye mundos, en la pintura a veces hacemos lo mismo, destruimos, arrasamos para que algo nuevo emerja. Lo nuevo será inesperado o no será nada. No sabemos qué es de antemano. Solo nos entregamos al misterio del pincel que recorre la hoja de lado a lado y la puebla de colores que gradualmente le van dando sentido. Y de a poco, vamos comprendiendo que esa pequeña gran historia se cierra y la vamos abandonando, para que pueda nacer otra.

Que los sistemas educativos están en crisis no es novedad, así como que en los programas que se están implementando ya no se les da importancia a las humanidades, sino fundamentalmente a lo utilitario o incluso que se llegan a orientar en algunos casos a la educación financiera. ¿Pero adónde se adquirirán las facultades para que los jóvenes puedan ser capaces de comprender a este mundo en transición? ¿Es en las redes en donde encontrarán respuestas? ¿Las bibliotecas serán museos, recuerdos del pasado? ¿Los algoritmos nos dirán qué y cómo pensar (aunque no nos sepan responder el para qué)? ¿A qué algoritmos alimento con mis textos? No deja de inquietarme, aunque confío en que resuenen en algún corazón despojado de silicio, que tal vez pueda conmoverse cada tanto, aunque esté en silencio detrás de la pantalla.

 En el mundo en donde cayeron las estructuras, en donde se disolvieron las instituciones, en un mundo líquido, como diría Zygmunt Bauman, en un mundo atomizado, ¿cómo se las ingeniarán las personas para sobrevivir?. ¿Podrán sortear las epidemias de salud mental que nos amenazan, debido a la falta de contención familiar, laboral, entre otras? ¿O los niños y jóvenes que nacen en este nuevo mundo se van adaptando naturalmente a estos tiempos convulsos, a fuerza de no conocer otros? ¿Seremos los adultos y sobre todo los mayores, a los que nos está resultando más traumática la transición? Y cuántos años durará esta? Cien, doscientos, trescientos? ¿Será la era de la volatilidad la que estudiarán en el futuro, esa en la que el mundo se movió debajo de nuestros pies y en las que tuvimos que aprender a nadar para sobrevivir cuando ya nada nos sostenía. Los niños que nacen, ¿son los niños peces, los naturales de la sociedad líquida? ¿Su psique lo resistirá o ya nacerán con branquias mentales, para respirar bajo el agua de las profundidades que los terrestres no conocemos?

 Podría citar a varias personas, entre ellas al Indio Solari (en Juguetes perdidos), cuando canta que "cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón". O a citar a la cineasta Lucrecia Martel, cuando en alguna entrevista nos llama a exprimir la imaginación, porque cuando la oscuridad es tan evidente, cuando las máscaras se cayeron, paradójicamente es más posible salir del engaño en donde estábamos y comenzar a pensar en alternativas, que aunque nos parezcan disparatadas, podrían ser posibles, porque cuando ya no queda nada en pie, hay que aprender de nuevo a hacer fuego con dos piedritas, o tal vez cocinemos de otra manera. Por lo pronto, parece que hay que cocinar en nuestra mente las nuevas ideas que nos permitan habitar un futuro, en donde, cientos de miles de personas quedan cada vez más marginadas y en donde los gobiernos siguen expoliando el planeta, como  si fuera una naranja a la que tratan de sacarle hasta la última gota de jugo que le queda. Total, qué importa lo que sigue y el mundo que les dejaremos a las nuevas generaciones, a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos. Imaginar un futuro distinto es urgente, aunque imposible hacerlo de un día para el otro. Muchos de nosotros no lo veremos, pero, entre otras cosas, podemos intentar dedicarnos a pensarlo, de a uno, de a dos, de a tres, de a muchos, cada cual como pueda pero haciendo algo.

 Si algo logra el Mundial de fútbol, es sellar la grieta momentáneamente, lograr que se abracen oficialistas, opositores y descreídos, en una fusión de sentimientos. Como en las largas colas para despedir al Indio Solari, el sentimiento popular derriba las barreras que los separan y las personas se saludan sin rencores, compartiendo las alegrías más genuinas o las más profundas tristezas. Por unos días, el cielo es el mismo para todos, cubriendo con su manto protector el espectáculo y la muerte, las dos caras de la moneda. Todos se abrazan con una canción ricotera o al grito de un gol, que los hermana. Quiero creer que entre los primeros hay más opositores que entre los segundos, pero siempre hay gente un poco confundida que vota en contra de sus propios intereses, por más que el Indio haya tratado de despabilarlos. En las elecciones veremos los resultados, si prima la poesía del fútbol, que domina el mercado o la de las letras crípticas que llaman a despertar de su dominio. Que los goles no nos cieguen y ante la duda, volver como a una enciclopedia a las canciones del Indio, para que flameen de nuevo las banderas en el corazón.

https://www.youtube.com/watch?v=c5xFMhjslw8&list=RDc5xFMhjslw8&start_radio=1

 ¿Quién me garantiza que el mundo sigue existiendo cuando yo no lo veo? Que detrás mío, adonde no llega mi vista, eso que llamamos materia sigue estando, que no soy la única habitante del universo, cuando estoy sola, en mi habitación. Que no existe el afuera, que los sonidos que escucho desde la calle son una ilusión y que el ave que me mira desde la ventana, es un espíritu alado que me cuida en silencio, mientras escribo.


El paseo. Marc Chagall

 El alma llega después que el cuerpo a los lugares. Cuando vine a vivir a Buenos Aires, estaba ansiosa por ya ser una porteña, una habitante más de la ciudad. Pero era una recién llegada que no solo no conocía los códigos, sino que tampoco la conocía geográficamente y a la que la velocidad de la calle abrumaba. No salía de mi casa más que lo necesario y me desesperaba cuando tenía que comprar algo porque ignoraba que todo estaba organizado por zonas: la zona de los muebles, la de las cocinas, la del cuero, la de la vajilla, la de la ropa de blanco, la de los outlets, la de los bares de cada barrio, y así. Me iba enterando de a poco de las cosas y así iba haciendo mis descubrimientos. No sé realmente cuando llegó mi alma, creo que mucho tiempo después, aunque sigue siendo misterioso. Con los años fui descubriendo que el alma se va de los lugares antes que el cuerpo, los vamos deshabitando antes de irnos físicamente y así el proceso es menos doloroso. Estrategias humanas, que le dicen, para poder sobrevivir.

 Alguna vez sentí que todos mis amores eran uno solo, que iban cambiando de rostro pero eran siempre la misma persona que había estado en todo tiempo y lugar conmigo, y que lo iba a seguir estando, hasta el fin de los tiempos, esos en donde todo se va a volver a reiniciar.

jueves, 25 de junio de 2026

 No es posible hacerles una ecografía tridimensional a nuestros sueños, para saber de antemano qué rostro van a tener, si es que se concretan. Solo cuando nacen y los vamos cuidando, alimentando y arropando, los conocemos. Cuando después caminan al lado nuestro. Las ideas se gestan, dijo alguien y cuando ponen los pies en la tierra, en la palabra, en el papel se desarrollan y se retroalimentan con el intercambio entre las demás personas y pasan a ser parte de una logosfera compartida. Cuando creamos, generamos conocimiento. La conciencia universal se expresa a través de cada uno de nosotros para hacerse más accesible y todos, cada cual a su modo, contribuimos en algo y nos retroalimentamos. Y así el mundo gira, cada vez más completo y más bello, con más conciencia.  La conciencia de donde venimos se nutre de nosotros para seguir creciendo hacia el infinito.

miércoles, 24 de junio de 2026

 Es complicado no poder dormir, pero más complicado es dormir sin sueño (s). 

 Cuando pegamos la vuelta de la vida tenemos la fuerte tentación de sentarnos a contemplarla melancólicamente, pensando cómo dice el dicho, que todo tiempo pasado fue mejor. Repasando una y otra vez nuestras historias, nuestras memorias, nuestros recuerdos, tratando de entender qué significaron y cómo nos trajeron hasta acá. Pero también tenemos la posibilidad, latente, de elegir contemplar a la vida intentando hacerlo con ojos de niño, de maravillarnos con el asombro de la existencia, de esa misma que, a fuerza de tanto vivirla, se nos fue olvidando cómo mirarla de cerca, para comprender de una vez por todas y definitivamente que sabemos tan poco de ella.

 Evidentemente, hay algo que no está equivocado en este tiempo. El cielo no se equivoca y estas son las experiencias que como humanidad, tenemos que vivir. La pulverización, la desintegración, la destrucción, la soledad, el enfrentarnos a nosotros mismos, hacernos las preguntas adecuadas (lo cual es lo más difícil), para así intentar encontrar alguna respuesta. Es cierto que somos seres sociales, que evolucionamos en comunidad y que siempre siempre siempre, necesitamos a un otro/a. Pero creo que en estos tiempos, más que nunca, nos vemos obligados de una vez por todas a mirar adentro de nosotros/as mismos/as y dejar de echarle la culpa a los/as demás de lo que nos pasó. Dar ayuda, estar dispuestos a recibir ayuda, pero también saber que son tiempos de pararnos de una vez por todas sobre nuestros propios pies y dejar de esperar que alguien nos cuide. Cuidar al otro, al más débil, al que no puede por sí mismo, y dejarnos cuidar, pero saber que, en el fondo siempre estamos solos/as, que cuando cerramos los ojos a la noche, estamos solos/as con nuestra conciencia y con nuestro dios, si lo tenemos, y nuestra conciencia, seguramente a algunos de nosotros, nos juzga implacablemente, por nuestra entrega cotidiana.

 Todo se pulveriza y desintegra, se convierte en polvo, en cenizas. Vagamos entre nubes blancas, emigrantes de tiempos pretéritos en busca de un futuro que todo indica será sombrío. Nos esforzamos por respirar en medio del polvo, imaginar un mañana. Aunque sea, descifrar cómo se hace para construir una casa de nuevo, escribir una carta manuscrita y sobre todo, cantar una canción de amor.

 ¿Adónde quedaron los ángeles de las molduras de las casas antiguas? Las sábanas bordadas, la colección de copas y platitos de té, las cucharitas y azucareras, las gloriosas teteras que convocaban las charlas de los sábados. Algunos/as las buscamos en las ferias de antigüedades, como buscamos el pasado que perdimos, las historias que no están y que esas piezas conservan. Los platitos decorados con sus miniaturas, con un mundo destinado a perdurar que pasó y fue reemplazado por la sociedad de lo transitorio y descartable, que descarta tanto a los objetos sin alma ni magia como a los viejos y viejas que ya no sirven. A los y las que en algún sillón, siguen contando historias, a quien se detenga a escucharlas, de aquéllas tardes de la ceremonia del té.



 Dénme una cuchara de madera y conquistaré el mundo. Prepararé sopas y purés, guisos y polenta y sobre todo, arroz con leche en una tarde de invierno, para calentar el alma. 

lunes, 22 de junio de 2026

Viajando en el colectivo, hoy miraba estadísticamente los colores de la ropa de la mayoría de las personas. Y el color que predominaba era el negro, sobre todo en las camperas. Por otra parte, el calzado de la casi totalidad de las personas eran las zapatillas, urbanas en su mayoría. Nos mimetizamos cuando nos vestimos. Suerte de animales domesticados, cuyos refugios y  guaridas son las ciudades, nos desplazamos a pie o en subtes o colectivos, munidos de prendas que nos garanticen ciertas comodidades. Aunque a mi criterio, cedemos imaginación. Cada tanto se me ocurre hacer un despliegue de colores y texturas en mis pulóveres, pantalones y camperas, que hablan de mi ocasional pasión por las estridencias, que contrasta con mi general deseo de pasar desapercibida. Como corolario, voy semanalmente a mis sesiones de terapia, para desentrañar quien soy en realidad.
Desde muy chica mis padres se vieron obligados a explicarme que el famoso Papá Noel no existía. El tema era que yo, apenas se lo nombraba, entraba en pánico y empezaba a llorar. Recuerdo vagamente mis impresiones de entonces, yo pensaba: ¿de qué extraño lugar viene este ser, por más que venga cargado de regalos? Hoy en día no deja de sorprenderme que los niños no le teman a una aparición de este tipo, proveniente de otro plano de la existencia, desconocido. Por eso, no participé en mi infancia de la ilusión de la Navidad, recibía mis regalos con pragmatismo, sabiendo que los habían comprado mis padres o abuelos. Mientras el pueblo se prepara para la fiesta mundialista, no puedo evitar sentir algo parecido. El sentirme excluida de un festejo colectivo que alegra a todo el mundo y del que me quedo afuera. Me genera algo parecido a la ternura la euforia por los partidos, y también un poco de tristeza. Un Papá Noel albiceleste corre detrás de una pelota de fútbol, repartiendo goles en vez de regalos, para todos los que creen en él.

domingo, 21 de junio de 2026

En una época de mi vida iba a un taller de escritura, un poco para aprender a escribir mejor y otro poco para conocer gente, ya que era un período de mi vida de mucha soledad. Era los sábados a la mañana. Uno de esos días se me ocurrió llevar una torta, para compartir. Compré todo especialmente para prepararla, pero la torta se quemó. Mientras hacíamos tiempo para empezar la clase, conté el incidente, a lo que el profesor comentó: "acá la gente viene a contar lo que hace". Era esperable sin duda que habláramos de libros y autores y yo salí con mi modesto accidente doméstico. Debería haberme molestado el despectivo comentario, pero no fue así. Muchas veces lo recuerdo, hoy tal vez porque hice una torta como entonces y en el mismo molde, aunque no se quemó. Pero mientras esperaba que se cocinara pensaba en que tal vez yo había reaccionado con la mansedumbre de quienes están acostumbrados desde siempre a que se los ningunee. No me sorprendió por eso el comentario y casi que ni me dolió. Me reconocí ajena a un mundo superior intelectual, hablando de mis minucias, aunque es evidente que el suceso dejó huella en mi memoria, porque por algo siempre lo recuerdo. No volví a abrir la boca ni ese ni otros días, mientras hacíamos tiempo para empezar la clase. Era evidente que no estaba a la altura de las circunstancias y que raramente sentiría que lo estaba en el futuro, por eso mi refugio son estas palabras que se amontonan sin cesar en este espacio y que quien sabe quien lee. A esas personas, les dejo un saludo, a falta de una porción de torta.

viernes, 19 de junio de 2026

 Una, dos, tres partículas que viajan y transforman la realidad, cada partícula individual habla un idioma propio que decodificamos sin darnos cuenta, nos afecta, siempre nos afecta. Todo nos afecta, el agua es una sustancia conductora de cargas eléctricas, se ioniza, el elemento agua se conmueve con la realidad. El agua no es la piedra, no es el aire, no es el fuego. En el agua se dieron las condiciones propicias para el nacimiento de la vida, en el agua estuvimos esperando nacer, nos duchamos todos los días para purificarnos y bebemos agua porque es el 70% de nuestro organismo, en donde transcurren casi todas las reacciones químicas, en medio acuoso. Podemos estar sin luz, sin gas, sin comida, pero no sin agua. Hace días se cortó el agua en mi departamento y fue una pesadilla. De tan omnipresente olvidamos su rol fundamental en nuestra vida. El agua se asocia con la música (por eso cantamos en la ducha) y con las emociones, en la medicina china con el invierno y con los riñones. Cuando tenemos miedo nos hacemos pis encima, el agua nos desborda, como cuando la tristeza nos inunda y lloramos. Y nos aliviamos. El agua hace un ciclo en la naturaleza, que estudiamos en la escuela, se evapora, y vuelve en forma de lluvia. El agua viaja desde las montañas hasta el mar llevada por los ríos y en los mares la luna la afecta, en las mareas, que trasladan las enormes masas de agua. En nuestro cuerpo, la luna también actúa sobre el agua que somos, sobre nuestras acuosas emociones. El agua hierve a veces adentro nuestro (simbólicamente) o se va secando, se va perdiendo, se va escurriendo cuando nos dejamos morir. Ser conscientes de la importancia del agua amplifica nuestra conciencia, se escurre entre nuestros dedos cuando queremos tomarla, nos sorprende en un aguacero intempestivo, se hace desear en las sequías, que combaten los chamanes hacedores de lluvias. El agua, de dónde vendrá, de qué secreto universo acuoso, poblado de seres como peces que la respiran sin problemas. El agua, el dador de electrones en la fotosíntesis, con la que regamos nuestras plantas cotidianamente, el agua que navegan los marinos, poblada de seres de todo tipo y color, contaminada por los que no la conocen ni aman su esencia. Agua sagrada, yo te bendigo porque me diste la vida.

 Desde algún lugar oscuro, casi inaccesible, surge una idea. Cubierta de barro y algas emerge, misteriosa, como si estuviera encriptada en algún antiguo códice que tuviéramos que descifrar. Con más o menos dificultad, la enjuagamos y traducimos a un pensamiento, en principio tosco, en bruto, como un diamante sin pulir. Con esfuerzo, buscamos el modo de verbalizarlo, de comunicarlo, esquivando las mil y una barreras que tenemos construidas a la defensiva, de modo de no ofender a nadie, de ser amable, condescendiente, en fin, una persona razonable. Pero a veces desde la profunda oscuridad surgen presiones intolerables y uno a uno van cayendo los filtros. Hablamos, decimos. Y el mundo se estremece cuando de una vez por todas la traducción es correcta, refleja lo que somos y veníamos callando y hasta nos sorprende a nosotros mismos. El ejercicio de destrabar todas estas barreras es lo que hacemos con la terapia, con la escritura, con el diálogo sostenido con las personas adecuadas a lo largo del tiempo. Aprendemos a ser honestos con nosotros mismos y con los demás, de un modo inesperado, que cada día nos sorprende más. Es que callábamos porque no teníamos palabras y de a poco fueron apareciendo, como las luces de la mañana que desde entonces brilla un poco más.

 El mundo está lleno de personas que saben quiénes son. Abogados, médicos, arquitectos, contadores y hasta futbolistas, todos parecen encajar en el lugar indicado. El manzano no quiere ser naranjo ni el limonero un laurel. Por lo menos aparentemente. Van por la vida seguros de sí mismos, con un nombre y un apellido, un número de documento, tal vez un pasaporte, una tarjeta de crédito y una licencia para conducir. ¿Para conducir qué? Un montón de vidas anónimas atadas a su destino implacablemente, como el perro a la correa, como si vivir no fuera un permanente vértigo, un preguntarse cada día (o por lo menos cada tanto), quién es uno y para qué está en la tierra durante este tiempo que nos toca. Mientras la pelota yira y yira en las canchas mundialistas, todavía quedan personas que miran al cielo buscando respuestas que cada tanto encuentran, siempre provisorias, desde el silencio de su corazón. Tal vez, algún día nos toque un penal a favor nuestro, que defina el partido.

jueves, 18 de junio de 2026

 Cuando recién vine a vivir a Buenos Aires, veía desde el colectivo muchas casas muy lindas, que tenían en las ventanas unas hermosas cortinas blancas, bordadas. Esas cortinas eran para mí el símbolo de acceso a un mundo superior, al que yo no pertenecía, pero al que intuía oscuramente que algún día iba a llegar. Y mi preocupación era entonces: ¿sería capaz de adornar mis ventanas con esas cortinas blancas, tan primorosas? ¿Adónde las conseguiría? Pensaba una y otra vez que las madres les transmitían ese secreto a sus hijas, la forma de conseguir cortinas adecuadas para sus elegantes ventanas, como una característica de distinción.

Muchos años después sonrío cuando sigo viendo las blancas cortinas. Nunca llegué a pertenecer a ese mundo refinado y hoy en día estoy lejos de querer hacerlo. La vida nos va transformando en aquello que siempre fuimos y que no quisimos ver, no supimos ver, no pudimos ver. Mis ventanas tienen cortinas que se asoman a un mundo tan propio que no sabría definirlo, más que con intentos de dibujos y poemas. La miseria y la gloria me habitan, como a la mayoría de los humanos.

 Creo que el que no se maravilla por la Ciencia es porque no se la explicaron bien. Ella es una buscadora incansable, una mano que intenta abrir el cielo, que construye escaleras con explicaciones para alcanzarlo. Fabrica andamios sobre los que hombres y mujeres caminamos.

He olvidado las tardes en las que resolvía Ecuaciones Matemáticas, ese mundo seguro en el que me podía refugiar. La Biología me habló del misterio de la Vida y la Muerte y le escapé a la Historia por no ver pelear a los hombres. La Química me desintegró como a un átomo y me dio conciencia del vacío que habitamos, poblado de partículas vibratorias.

Si se trata de explicar y explicar, para entender, lo primero que tenemos que entender es que nunca la Ciencia va a dejar de buscar y de intentar construir nuevo conocimiento con los recursos que tiene a mano. Los instrumentos son los que paradójicamente la limitan. Si tuviéramos un telescopio lo suficientemente poderoso podríamos acercanos a los orígenes de nuestra Historia Cósmica, quién sabe si algún día llegáramos a ver el Bing Bang. Pero mientras tanto, seguimos enfrentándonos al Amor, a la Muerte, al misterio de la flor que surge en medio del cemento y no sabemos de dónde viene, a la Fuerza que impulsa el germen de la semilla.

En mi caso, a través del camino del arte y la poesía, en un momento de mi vida, empecé a construir lentes, microscopios para mirar adentro mío y traer a la superficie visiones de los otros mundos que están en este. Machado, en sus poemas, como cantaba Serrat, decía que amaba los mundos sutiles, como pompas de jabón. Creo que estamos rodeados de mundos sutiles, que habitamos mundos sutiles, a los que nuestra querida y perseverante Ciencia aún no ha llegado. Sigue y sigue en sus intentos, mientras los poetas y los artistas, tratamos de cantarle al Amor y a la Belleza que esconde el Universo, en medio de sus misterios.


 El solsticio de invierno en el Hemisferio Sur (y verano en el Hemisferio Norte) de 2026 será el domingo 21 de junio a las 05:24 (Hora Oficial Argentina). Este evento astronómico marca la noche más larga y el día con menos horas de luz del año para Argentina (fuente, Servicio de Hidrografía Naval).

Si bien el momento preciso es ese, todos estos días ya tienen la característica del solsticio. A algunos de nosotros/as nos envuelve esa modorra especial, ese querer volver a casa temprano, porque ya es de noche, o si es posible no salir, cocinar platos de invierno, sopas y guisos, encender velas como si su luz nos diera más calor para estas noches frías, a falta de poder encender un buen fuego para calentarnos y sentarnos alrededor a contar historias. Es un momento especial del año que llama a detenernos, a percibir lo qué sucede cuando la luz se aleja y se hace el silencio, cuando todo parece terminar y morir, o al menos dormir, como si ese dormir fuera una muerte transitoria de la que resucitaremos este domingo, unos segundos después del solsticio, festejando como los pueblos originarios el inicio de un nuevo año solar, lleno de promesas. Ninguna metáfora nos pinta tan bien la resurrección como el momento del solsticio, la esperanza de renacer desde la más profunda oscuridad. Como diría el Indio Solari: "cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón".



martes, 16 de junio de 2026

Permanecer como un niño, abiertos al asombro. Solo desde el extremo vacío puede nacer lo que buscamos, eso que nos completa, aunque sea de a ratos. Contemplar la vida con la mezcla suficiente de respeto y curiosidad como para que esto suceda, como miramos al mago sacar un conejo de la galera aunque no creamos ni en los conejos ni en las galeras, solo en el mago que todos escondemos.

lunes, 15 de junio de 2026

 Esa manía de andar con cuadernos y libretas para todos lados, anotando al pasar las imágenes y las ideas para que no se escapen. Ese buscar todo el tiempo lo que se esconde detrás de los trazos y los colores, de amontonarlos con un sentido desconocido que ellos revelan, como si tuvieran vida propia, voluntad, independencia. Esa obsesión por pintar una y otra vez lo mismo pero distinto, como si me diera una señal, una respuesta, algo de paz en la tormenta, una promesa, una advertencia, un abrazo de tinta que aleje el insomnio.

miércoles, 10 de junio de 2026

 La luz que hiere, como si doliera el blanco, el símbolo de lo absoluto, la perfección que no alcanzamos. Siempre vuelve el negro con su extraña belleza, lo incorporamos y aparecen otros colores que brillan, iluminan. Y el blanco hace un nuevo intento, que a veces es fallido. No sé quién gana la batalla, la luz y la oscuridad  juegan entre sí indefinidamente, inevitablemente.



martes, 9 de junio de 2026

 Elaboramos relatos de nuestra vida. Nos contamos historias en donde alternativamente somos vencedores o perdedores, según el momento. Ni tan dioses ni tan demonios, ni tan príncipes ni tan mendigos, ni tan locos ni tan cuerdos, nuestras palabras se estrellan como las olas contra los murallones de la costa intentando en vano definirnos, una y otra vez.

 Así como esperamos que la tinta se seque para seguir pintando, esperamos que leve el pan, que se seque la ropa que tendimos ayer, que crezca la planta que sembramos hace un tiempo. Esperamos sin saberlo, mientras las cosas suceden; imperceptiblemente aparece una nueva arruga, el polvo se acumula por los rincones y en los árboles se anticipa el otoño. Nos pasamos la vida esperando sin saberlo y mientras lo hacemos, suenan los últimos acordes de una canción.

lunes, 8 de junio de 2026

 Cuando una vida concluye se completa una obra. Todo lo que ese ser hizo, dijo, creó, se clausura como una obra completa: sus gestos, sus palabras, sus silencios, sus pensamientos, su decir en cuerpo y alma, su forma de caminar, de cantar, de bailar, de amar. Su forma de conmover y de traspasar a los demás queda como una esencia que los que estamos de este lado siempre llevaremos y maduraremos con el tiempo. Su obra quedará viva en nosotros y seguirá transformándonos, se irá recreando cada vez que alguien reinterprete sus canciones y vibre de una forma personal e inexplicable con ellas. Una obra completa que nos seguirá completando y se seguirá actualizando.

(al Indio Solari, 1949-2026)



Cuando era chica, soñaba con tener una habitación para mí sola, de ser posible en una planta alta. Como eso era imposible, me pasaba las horas construyendo casitas con cajas de cartón (a las que decoraba con papel glacé) y les fabricaba los muebles a las muñecas mini puky, con las que jugaba.
Hace poco retomé este juego, el de hacer casitas, no podría explicar bien por qué me gusta tanto, qué misteriosa alquimia esconde detrás, la de construir casas con lo que tenemos a mano y llenarlas de poesía.




 Hay obras que no van a ningún lado. Como esas situaciones de la vida en donde uno/a le agrega un color, una línea nueva, coloca otras capas de pintura, esa creación parece tener vida propia y rechaza nuestros esfuerzos por rescatarla. Es inútil. Llega un momento en el que tenemos que decir basta, asumir que se frustró y entonces clausurarla definitivamente.



miércoles, 3 de junio de 2026

 Según una frase que leí alguna vez de Ricardo Piglia, el psicoanálisis es el arte de mantener a flote a gente que goza tratando de hundirse. El vértigo por el abismo nos atrae, nos hipnotiza, nos subyuga, como si quisiéramos volver a un pantano primordial en el que alguna vez vivimos, porque en algún recodo de nuestro inconsciente perdura la idea de que ahí pertenecemos y que no tenemos derecho a estar bien, ni siquiera digo a ser felices, sino a tener una cierta estabilidad que nos garantice períodos de una paz amable que nos permita desarrollarnos. Aunque ya haga mucho tiempo de que nuestra vida haya cambiado, en algunos días vuelve esa sensación oscura que nos dice que no tenemos derecho a estar bien, que ese ser un poco más luminoso en el que nos convertimos después de arduos trabajos, en realidad no existe y que somos poco menos que un insecto que nunca pudo ni podrá salir de su escondite, ese al que nunca llega el sol de la mañana.

martes, 2 de junio de 2026

 Debería ser obligatorio, una vez a la semana al menos, no dormir y esperar el alba. Dejar que la sangre se despierte, soñar con todo lo que no podemos ser de día y hacer planes para cuando nos levantemos, hoy, mañana, la semana que viene. De noche todos los sueños parecen ser posibles, casi que pueden escucharse en el silencio y brillan como un árbol de navidad fuera de época para pedirnos que, de una vez por todas, saquemos un pasaje al otro lado del mundo y que mañana despertemos durmiendo en otra cama.

Debería ser obligatorio, una vez a la semana al menos, no dormir y esperar el alba. 



lunes, 1 de junio de 2026

 Trabajosamente, subo la escalera que lleva hasta el techo del mundo, llevando un banquito al hombro. Cuando llego, lo apoyo con cuidado en el piso y me subo despacio, para no caerme. Con el dedo voy señalando a un lado y al otro mientras hablo y explico cómo deben ser las cosas: esto por aquí y esto por allá; esto se puede y esto no; en aquél rincón un poco de orden y los del fondo se callan. Pero casi siempre, en algún momento, el banco tambalea, un hoyo se abre y caigo por un túnel hasta el centro del mundo. Me siento en el piso, agacho la cabeza y me juro a mí misma que no lo haré más.

Un tobogán baja desde el cielo en medio de la noche y nos dejamos caer, en medio del espacio, para volver a la luz que fuimos un día. El paraíso también está debajo nuestro.

 Muy dentro nuestro, todos tenemos nuestra pequeña colección de monstruos. Algunos más, algunos menos, pero todos los tenemos, sin excepción. Comandados por el monstruo jefe, viven el monstruo que se cree superior a todos los demás, el monstruo que llora por todo lo que le toca vivir, el monstruo que con tal de que lo quieran le dice a todo que sí y sonríe, tratando de que lo acepten. También existe un monstruo que perdió la confianza en la vida y se quiere morir y un monstruo que vive a la pesca de los monstruos de los demás, les abre la puerta de la casa y los deja entrar, entonces todo se vuelve imposible. Hay uno de ellos que es el vigía, cuando hay peleas toca la campana y los manda a todos para adentro, para mantener el orden. 

Seguramente hay muchos otros monstruos más que no conocemos, que salen muy de vez en cuando o no lo hacen nunca. Esos son los peores, porque en las noches de invierno suelen vagabundear adentro nuestro y no nos dejan dormir. Pero una vez, uno de ellos que se dejó ver un instante me dijo que son como niños que quedaron abandonados y que solo esperan que algún día los abracemos para volver a ser amigos. Nuestra casa es también la casa de nuestros monstruos y es mejor que los conozcamos porque, en el fondo, solo esperan que les demos un poco de cariño para volver a ser felices, aunque sea de a ratos, como suele ser la felicidad.




 Año a año, cuando llega el 21 de junio y charlo con mi mamá, por teléfono en general, me dice: a partir de ahora cada día es un poquito más...