Según una frase que leí alguna vez de Ricardo Piglia, el psicoanálisis es el arte de mantener a flote a gente que goza tratando de hundirse. El vértigo por el abismo nos atrae, nos hipnotiza, nos subyuga, como si quisiéramos volver a un pantano primordial en el que alguna vez vivimos, porque en algún recodo de nuestro inconsciente perdura la idea de que ahí pertenecemos y que no tenemos derecho a estar bien, ni siquiera digo a ser felices, sino a tener una cierta estabilidad que nos garantice períodos de una paz amable que nos permita desarrollarnos. Aunque ya haga mucho tiempo de que nuestra vida haya cambiado, en algunos días vuelve esa sensación oscura que nos dice que no tenemos derecho a estar bien, que ese ser un poco más luminoso en el que nos convertimos después de arduos trabajos, en realidad no existe y que somos poco menos que un insecto que nunca pudo ni podrá salir de su escondite, ese al que nunca llega el sol de la mañana.
miércoles, 3 de junio de 2026
martes, 2 de junio de 2026
Debería ser obligatorio, una vez a la semana al menos, no dormir y esperar el alba. Dejar que la sangre se despierte, soñar con todo lo que no podemos ser de día y hacer planes para cuando nos levantemos, hoy, mañana, la semana que viene. De noche todos los sueños parecen ser posibles, casi que pueden escucharse en el silencio y brillan como un árbol de navidad fuera de época para pedirnos que, de una vez por todas, saquemos un pasaje al otro lado del mundo y que mañana despertemos durmiendo en otra cama.
Debería ser obligatorio, una vez a la semana al menos, no dormir y esperar el alba.
lunes, 1 de junio de 2026
Trabajosamente, subo la escalera que lleva hasta el techo del mundo, llevando un banquito al hombro. Cuando llego, lo apoyo con cuidado en el piso y me subo despacio, para no caerme. Con el dedo voy señalando a un lado y al otro mientras hablo y explico cómo deben ser las cosas: esto por aquí y esto por allá; esto se puede y esto no; en aquél rincón un poco de orden y los del fondo se callan. Pero casi siempre, en algún momento, el banco tambalea, un hoyo se abre y caigo por un túnel hasta el centro del mundo. Me siento en el piso, agacho la cabeza y me juro a mí misma que no lo haré más.
Muy dentro nuestro, todos tenemos nuestra pequeña colección de monstruos. Algunos más, algunos menos, pero todos los tenemos, sin excepción. Comandados por el monstruo jefe, viven el monstruo que se cree superior a todos los demás, el monstruo que llora por todo lo que le toca vivir, el monstruo que con tal de que lo quieran le dice a todo que sí y sonríe, tratando de que lo acepten. También existe un monstruo que perdió la confianza en la vida y se quiere morir y un monstruo que vive a la pesca de los monstruos de los demás, les abre la puerta de la casa y los deja entrar, entonces todo se vuelve imposible. Hay uno de ellos que es el vigía, cuando hay peleas toca la campana y los manda a todos para adentro, para mantener el orden.
Seguramente hay muchos otros monstruos más que no conocemos, que salen muy de vez en cuando o no lo hacen nunca. Esos son los peores, porque en las noches de invierno suelen vagabundear adentro nuestro y no nos dejan dormir. Pero una vez, uno de ellos que se dejó ver un instante me dijo que son como niños que quedaron abandonados y que solo esperan que algún día los abracemos para volver a ser amigos. Nuestra casa es también la casa de nuestros monstruos y es mejor que los conozcamos porque, en el fondo, solo esperan que les demos un poco de cariño para volver a ser felices, aunque sea de a ratos, como suele ser la felicidad.
Según una frase que leí alguna vez de Ricardo Piglia, el psicoanálisis es el arte de mantener a flote a gente que goza tratando de hundirse...
-
No recuerdo cómo fue que la Encíclica Rerum Novarum llegó a mis manos a fines de los 80, la leía con una mezcla de ilusión y respeto, el mis...
-
Quiero reflexionar sobre lo que significa la expresión para mí, tanto en la escritura como en el dibujo o la pintura. No elijo desde la con...
