miércoles, 21 de octubre de 2026

 Anoche soñé que de algún modo entendía la comunicación entre las hormigas. Ellas se comunicaban por telepatía, con frases muy breves, pero en ellas estaba siempre la palabra "tierra". Dos o tres palabras por oración, pero una de ellas era "tierra". Me pregunto si nosotros nos comunicáramos de ese modo, cuál sería nuestra palabra motor? Qué es lo más importante para nosotros? Y si creáramos un lenguaje personal, cuál sería nuestra palabra? La que nunca dejaríamos de repetir.

martes, 20 de octubre de 2026

 El principal encanto que tuvieron (y tienen) las "librerías de viejo", librería de usados, fue revolver entre los estantes y pilas de libros, porque siempre encontrábamos (y encontramos entre las que se conservan), hallazgos, libros impensados, perdidos, libros de nuestra infancia, libros desconocidos que no figuran en catálogos. Es prácticamente imposible tener catálogo en nuestra librería (que tiene 34 años y por la que pasaron y pasan innumerables ejemplares). Pero la adrenalina de buscar y, en algunas ocasiones encontrar no tiene precio. 

 En el hipotético caso de que no termináramos destruyendo el planeta y que nos siguieran quedando unos miles de años por delante ¿cuáles serían las nuevas capacidades que podría desarrollar el ser humano? Hace miles de años, seguramente nuestros antepasados se fueron comunicando por gestos y sonidos, quién sabe cuáles fueron los primeros esbozos de pensamiento, las primeras palabras y oraciones que usaron. Cuando el hombre evoluciona desarrolla el lenguaje con complejidad, a medida que domina también el mundo de la materia y miles de años después nos encontramos con sistemas filosóficos, científicos y, en nuestros días, tecnológicos. Me pregunto entonces: cuáles son las posibilidades de que el ser humano siga evolucionando? Si como dice, es verdad que usamos un porcentaje bajo de las capacidades de nuestro cerebro, tendremos alguna vez la posibilidad de expandirlas (sin que intervengan los medios tecnológicos, como se sugiere por ahí, con la implantación de chips). Nuestras redes neuronales, seguirán creando nuevas conexiones que ahora desconocemos y que sigan permitiendo la expansión de nuestra conciencia? ¿Podremos seguir evolucionado como humanos o antes de eso terminaremos por destruir el planeta? 

domingo, 18 de octubre de 2026

 He escuchado muchas veces a mi mamá decir: "yo no tomo mate, yo tomo café", como quien pertenece a una cofradía exclusiva. La he escuchado despotricar cuando los que no son sus nietos le dicen abuela. La he visto hace muchos años, algún fin de semana viajando en el 4L al lado de mi papá, comiendo Cerealitas, el único lujo exclusivo que se permitía en las épocas de muy poca plata, mientras con mis hermanos la mirábamos con respeto. La he visto devorarse uno tras otro cientos de libros, como si corriera una carrera interminable contra sí misma. La recuerdo a los seis, siete años, enseñándome francés con su libro del secundario y recitándome una y otra vez la poesía "Margarita", de Rubén Darío. La recuerdo defenderme como un animal a su cría cuando me atacaban y la recuerdo sentada muchas noches, en una reposera, al lado de mi cama, cuando estuve enferma. La veo ahora cuando hacemos nuestras videollamadas, haciendo yoga en silla, con nuestro grupo de familia y el otro de amigas, contando las mil y una anécdotas que tiene guardadas en su memoria prodigiosa. La recuerdo hoy, a 700 km de distancia y le agradezco por la que creo que es su principal enseñanza, la de no bajar nunca los brazos, como lo hizo y hace ella, y seguir adelante.

viernes, 9 de octubre de 2026

 En la sociedad del jolgorio y la diversión constante que nos proponen muchos medios de comunicación, hasta los canales centrales de aire, nos muestran noticias sumamente importantes a nivel local, nacional o internacional, de índole económica, política, social, que afectan directamente nuestra vida, muchas veces perjudicándola sin que podamos hacer mucho al respecto, mechándolas con bromas aparentemente inofensivas, fragmentos de programas de televisión cómicos, declaraciones graciosas de algún personaje secundario, seguramente con el objeto de que no nos despeguemos de la pantalla, porque la realidad descarnada nos puede resultar intolerable. Corolario: nos anestesian. Como nos anestesian las redes, que también intercalan información, en este caso seleccionada por los algoritmos que sin querer creamos. Es que es difícil soportar la realidad de una civilización que no nos está mostrando su mejor rostro. No sé si alguna vez lo hizo. Lo que creo es que no estamos preparados para este bombardeo de estímulos sin ton ni son que nos desorientan, nos alejan de nuestros propios intereses, nos atrofian el pensamiento y nos impiden desarrollar actitudes reflexivas que nos permitirían articular algún tipo de acción concreta que genere aunque sea un cambio mínimo en nuestra vida y en la de los demás.

 Estamos en una sociedad de hipervigilancia. Todos sabemos lo que sucede con nuestros teléfonos, aunque no sean de última generación. Mencionamos por ejemplo algo al pasar, en mi caso ayer me pasó con el autor de un libro, y a partir de allí empiezan a aparecernos un montón de publicaciones de esa persona. Cosas de ese tipo nos pasan a diario a todos. No hace falta escribir lo que a uno le interesa. Evidentemente el teléfono lo escucha y a partir de ahí, procede. Tal vez haya funciones que el dispositivo usa para impedir que esto suceda, en mi caso las desconozco. Por eso digo que vivimos en una sociedad de hipervigilancia. ¿A dónde van a parar todos esos datos? Dicen que los algoritmos nos conocen mejor que nosotros mismos. Encima ahora, parece que se nos está dando por charlar con Chat-Gpt, nuestra nueva amiga, que nos palmea la espalda mientras nos dice lo que queremos oír, un poco disfrazado y mientras se retroalimenta y acumula nuestra información, construyendo nuestros perfiles psicológicos. Repito estas palabras porque son las que me preocupan: Sociedad de hipervigilancia. Y no suelo ni creo ser conspiranoica, simplemente explicito lo que todos sabemos. Que la información da poder y que el poder está siendo cada vez más concentrado por pequeños grupos, para sus propios intereses. 

jueves, 8 de octubre de 2026

 Hay personas que dicen que tener fe es muy conveniente para poder sobrellevar muchas situaciones de la vida. Y ciertamente, tener fe es un alivio muchas veces. La fe nos conforta, nos dice que lo que sucede tiene un sentido. Eso es ingenuidad, dicen ellos, el opio de los pueblos. Muchas personas fuimos educadas dentro de una tradición religiosa, en Argentina, predominantemente católica. Y así deambulamos durante mucho tiempo por cursos de catequesis, confesionarios y altares, siguiendo normas y cumpliendo preceptos que no entendíamos del todo y sobre todo, aceptando a regañadientes dogmas. La verdad es que a mí en particular, escuchar hablar de fe me fastidiaba, y tal vez me daba un poco de envidia por la solución fácil que ofrecía a los problemas. Pero hubo un día en que bajé los brazos y reconocí abiertamente que no tenía fe, que no sabía lo que era creer en Dios, que hasta entonces solo había sentido vacío al respecto. Fue una víspera de Pentecostés, la noche en la que se celebra al Espíritu Santo, la parte tal vez más misteriosa de la Trinidad. Cuando me desperté a la mañana, solo puedo decir que tuve la certeza de que había Algo más y eso me sacudió profundamente, como lo hacen las grandes cosas que suceden a los veinte años. Podría decir que la fe, como lo hizo con Saulo de Tarso y cuentan los Evangelios, me tiró del caballo. Esa certeza me suele seguir acompañando, como la de algo inexplicable que me habla del misterio que impregna la vida, de la forma que cada uno y cada una la conciba. Algo. Casi siempre está, es raro que desaparezca. Ese Algo me abraza en medio del silencio y me conecta con una esperanza de trascendencia, aunque a veces lo olvide. Seguramente la fe sin la acción , la reflexión, la libertad, la posibilidad de encontrar nuestras respuestas a temas centrales de la vida y traducirla en hechos, es el opio de los pueblos. Crea rebaños de fieles sumisos (y así la iglesia se alió con los poderes de turno durante muchos siglos y lo sigue haciendo, como vemos lo que sucede con la connivencia de los evangelismos con la ultraderecha en las recientes elecciones en Brasil y como lo hizo en algunos casos en las dictaduras). Pero la fe, la conexión con algo más grande que nosotros, es presentir que existe algo más allá de este enjambre de átomos vibrantes que es la materia  y es lo que quizás nos permita, algún día, atravesarlos con la mano, como lo hizo Jesús, el Nazareno.  Pertenece al orden de lo sagrado, eso que ni siquiera podemos nombrar de tanto misterio y ante lo que solo podemos entregarnos sin demasiadas preguntas, dejando que quizás alguna vez nos roce, en el momento menos pensado. 

 Anoche soñé que de algún modo entendía la comunicación entre las hormigas. Ellas se comunicaban por telepatía, con frases muy breves, pero ...