viernes, 19 de junio de 2026

 Desde algún lugar oscuro, casi inaccesible, surge una idea. Cubierta de barro y algas emerge, misteriosa, como si estuviera encriptada en algún antiguo códice que tuviéramos que descifrar. Con más o menos dificultad, la enjuagamos y traducimos a un pensamiento, en principio tosco, en bruto, como un diamante sin pulir. Con esfuerzo, buscamos el modo de verbalizarlo, de comunicarlo, esquivando las mil y una barreras que tenemos construidas a la defensiva, de modo de no ofender a nadie, de ser amable, condescendiente, en fin, una persona razonable. Pero a veces desde la profunda oscuridad surgen presiones intolerables y uno a uno van cayendo los filtros. Hablamos, decimos. Y el mundo se estremece cuando de una vez por todas la traducción es correcta, refleja lo que somos y veníamos callando y hasta nos sorprende a nosotros mismos. El ejercicio de destrabar todas estas barreras es lo que hacemos con la terapia, con la escritura, con el diálogo sostenido con las personas adecuadas a lo largo del tiempo. Aprendemos a ser honestos con nosotros mismos y con los demás, de un modo inesperado, que cada día nos sorprende más. Es que callábamos porque no teníamos palabras y de a poco fueron apareciendo, como las luces de la mañana que desde entonces brilla un poco más.

Destapar la caja de Pandora e investigarla concienzudamente, organizarla, clasificarla, poner en palabras lo inasible, lo que nunca supimos qué es, lo que nos atormenta detrás de la sonrisa y rigidiza el rostro, le pone un freno a los músculos de la lengua y cierra la garganta, nubla la mirada, opaca la risa. Tergiversa nuestro decir, hace malabares con las ideas para que no se filtre lo que creemos que es verdadero pero por conveniencia ocultamos. Cargamos día y noche con un balde de agua helada que quisiéramos arrojarle en la cabeza a mucha gente, para que despierten y se hagan cargo de sí mismos, para que dejen de limosnear, atención, compasión, para que dejen de intentar de llenar su vacío con nuestra existencia, algo que nunca conseguirán porque es imposible. Hay que ser valiente para plantarse sobre los propios pies y dejar de andar por la vida echándole la culpa a los demás de nuestros fracasos. Algún día vendimos nuestra existencia por un poco de seguridad y desde entonces nos llevan de la correa, como una mascota reluciente que exhiben orgullosos. Nos alimentan con cuidado, simples mascotas de las que se espera fidelidad ciega, que no pueden salir a la calle solos, no sea que se escapen y recuerden lo que es la libertad, esa que tenían cuando eran callejeros.

 El mundo está lleno de personas que saben quiénes son. Abogados, médicos, arquitectos, contadores y hasta futbolistas, todos parecen encajar en el lugar indicado. El manzano no quiere ser naranjo ni el limonero un laurel. Por lo menos aparentemente. Van por la vida seguros de sí mismos, con un nombre y un apellido, un número de documento, tal vez un pasaporte, una tarjeta de crédito y una licencia para conducir. ¿Para conducir qué? Un montón de vidas anónimas atadas a su destino implacablemente, como el perro a la correa, como si vivir no fuera un permanente vértigo, un preguntarse cada día (o por lo menos cada tanto), quién es uno y para qué está en la tierra durante este tiempo que nos toca. Mientras la pelota yira y yira en las canchas mundialistas, todavía quedan personas que miran al cielo buscando respuestas que cada tanto encuentran, siempre provisorias, desde el silencio de su corazón. Tal vez, algún día nos toque un penal a favor nuestro, que defina el partido.

jueves, 18 de junio de 2026

 Cuando recién vine a vivir a Buenos Aires, veía desde el colectivo muchas casas muy lindas, que tenían en las ventanas unas hermosas cortinas blancas, bordadas. Esas cortinas eran para mí el símbolo de acceso a un mundo superior, al que yo no pertenecía, pero al que intuía oscuramente que algún día iba a llegar. Y mi preocupación era entonces: ¿sería capaz de adornar mis ventanas con esas cortinas blancas, tan primorosas? ¿Adónde las conseguiría? Pensaba una y otra vez que las madres les transmitían ese secreto a sus hijas, la forma de conseguir cortinas adecuadas para sus elegantes ventanas, como una característica de distinción.

Muchos años después sonrío cuando sigo viendo las blancas cortinas. Nunca llegué a pertenecer a ese mundo refinado y hoy en día estoy lejos de querer hacerlo. La vida nos va transformando en aquello que siempre fuimos y que no quisimos ver, no supimos ver, no pudimos ver. Mis ventanas tienen cortinas que se asoman a un mundo tan propio que no sabría definirlo, más que con intentos de dibujos y poemas. La miseria y la gloria me habitan, como a la mayoría de los humanos.

 Creo que el que no se maravilla por la Ciencia es porque no se la explicaron bien. Ella es una buscadora incansable, una mano que intenta abrir el cielo, que construye escaleras con explicaciones para alcanzarlo. Fabrica andamios sobre los que hombres y mujeres caminamos.

He olvidado las tardes en las que resolvía Ecuaciones Matemáticas, ese mundo seguro en el que me podía refugiar. La Biología me habló del misterio de la Vida y la Muerte y le escapé a la Historia por no ver pelear a los hombres. La Química me desintegró como a un átomo y me dio conciencia del vacío que habitamos, poblado de partículas vibratorias.

Si se trata de explicar y explicar, para entender, lo primero que tenemos que entender es que nunca la Ciencia va a dejar de buscar y de intentar construir nuevo conocimiento con los recursos que tiene a mano. Los instrumentos son los que paradójicamente la limitan. Si tuviéramos un telescopio lo suficientemente poderoso podríamos acercanos a los orígenes de nuestra Historia Cósmica, quién sabe si algún día llegáramos a ver el Bing Bang. Pero mientras tanto, seguimos enfrentándonos al Amor, a la Muerte, al misterio de la flor que surge en medio del cemento y no sabemos de dónde viene, a la Fuerza que impulsa el germen de la semilla.

En mi caso, a través del camino del arte y la poesía, en un momento de mi vida, empecé a construir lentes, microscopios para mirar adentro mío y traer a la superficie visiones de los otros mundos que están en este. Machado, en sus poemas, como cantaba Serrat, decía que amaba los mundos sutiles, como pompas de jabón. Creo que estamos rodeados de mundos sutiles, que habitamos mundos sutiles, a los que nuestra querida y perseverante Ciencia aún no ha llegado. Sigue y sigue en sus intentos, mientras los poetas y los artistas, tratamos de cantarle al Amor y a la Belleza que esconde el Universo, en medio de sus misterios.


 El solsticio de invierno en el Hemisferio Sur (y verano en el Hemisferio Norte) de 2026 será el domingo 21 de junio a las 05:24 (Hora Oficial Argentina). Este evento astronómico marca la noche más larga y el día con menos horas de luz del año para Argentina (fuente, Servicio de Hidrografía Naval).

Si bien el momento preciso es ese, todos estos días ya tienen la característica del solsticio. A algunos de nosotros/as nos envuelve esa modorra especial, ese querer volver a casa temprano, porque ya es de noche, o si es posible no salir, cocinar platos de invierno, sopas y guisos, encender velas como si su luz nos diera más calor para estas noches frías, a falta de poder encender un buen fuego para calentarnos y sentarnos alrededor a contar historias. Es un momento especial del año que llama a detenernos, a percibir lo qué sucede cuando la luz se aleja y se hace el silencio, cuando todo parece terminar y morir, o al menos dormir, como si ese dormir fuera una muerte transitoria de la que resucitaremos este domingo, unos segundos después del solsticio, festejando como los pueblos originarios el inicio de un nuevo año solar, lleno de promesas. Ninguna metáfora nos pinta tan bien la resurrección como el momento del solsticio, la esperanza de renacer desde la más profunda oscuridad. Como diría el Indio Solari: "cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón".



martes, 16 de junio de 2026

Permanecer como un niño, abiertos al asombro. Solo desde el extremo vacío puede nacer lo que buscamos, eso que nos completa, aunque sea de a ratos. Contemplar la vida con la mezcla suficiente de respeto y curiosidad como para que esto suceda, como miramos al mago sacar un conejo de la galera aunque no creamos ni en los conejos ni en las galeras, solo en el mago que todos escondemos.

 Desde algún lugar oscuro, casi inaccesible, surge una idea. Cubierta de barro y algas emerge, misteriosa, como si estuviera encriptada en a...