viernes, 9 de octubre de 2026

 En la sociedad del jolgorio y la diversión constante que nos proponen muchos medios de comunicación, hasta los canales centrales de aire, nos muestran noticias sumamente importantes a nivel local, nacional o internacional, de índole económica, política, social, que afectan directamente nuestra vida, muchas veces perjudicándola sin que podamos hacer mucho al respecto, mechándolas con bromas aparentemente inofensivas, fragmentos de programas de televisión cómicos, declaraciones graciosas de algún personaje secundario, seguramente con el objeto de que no nos despeguemos de la pantalla, porque la realidad descarnada nos puede resultar intolerable. Corolario: nos anestesian. Como nos anestesian las redes, que también intercalan información, en este caso seleccionada por los algoritmos que sin querer creamos. Es que es difícil soportar la realidad de una civilización que no nos está mostrando su mejor rostro. No sé si alguna vez lo hizo. Lo que creo es que no estamos preparados para este bombardeo de estímulos sin ton ni son que nos desorientan, nos alejan de nuestros propios intereses, nos atrofian el pensamiento y nos impiden desarrollar actitudes reflexivas que nos permitirían articular algún tipo de acción concreta que genere aunque sea un cambio mínimo en nuestra vida y en la de los demás.

 Estamos en una sociedad de hipervigilancia. Todos sabemos lo que sucede con nuestros teléfonos, aunque no sean de última generación. Mencionamos por ejemplo algo al pasar, en mi caso ayer me pasó con el autor de un libro, y a partir de allí empiezan a aparecernos un montón de publicaciones de esa persona. Cosas de ese tipo nos pasan a diario a todos. No hace falta escribir lo que a uno le interesa. Evidentemente el teléfono lo escucha y a partir de ahí, procede. Tal vez haya funciones que el dispositivo usa para impedir que esto suceda, en mi caso las desconozco. Por eso digo que vivimos en una sociedad de hipervigilancia. ¿A dónde van a parar todos esos datos? Dicen que los algoritmos nos conocen mejor que nosotros mismos. Encima ahora, parece que se nos está dando por charlar con Chat-Gpt, nuestra nueva amiga, que nos palmea la espalda mientras nos dice lo que queremos oír, un poco disfrazado y mientras se retroalimenta y acumula nuestra información, construyendo nuestros perfiles psicológicos. Repito estas palabras porque son las que me preocupan: Sociedad de hipervigilancia. Y no suelo ni creo ser conspiranoica, simplemente explicito lo que todos sabemos. Que la información da poder y que el poder está siendo cada vez más concentrado por pequeños grupos, para sus propios intereses. 

jueves, 8 de octubre de 2026

 Hay personas que dicen que tener fe es muy conveniente para poder sobrellevar muchas situaciones de la vida. Y ciertamente, tener fe es un alivio muchas veces. La fe nos conforta, nos dice que lo que sucede tiene un sentido. Eso es ingenuidad, dicen ellos, el opio de los pueblos. Muchas personas fuimos educadas dentro de una tradición religiosa, en Argentina, predominantemente católica. Y así deambulamos durante mucho tiempo por cursos de catequesis, confesionarios y altares, siguiendo normas y cumpliendo preceptos que no entendíamos del todo y sobre todo, aceptando a regañadientes dogmas. La verdad es que a mí en particular, escuchar hablar de fe me fastidiaba, y tal vez me daba un poco de envidia por la solución fácil que ofrecía a los problemas. Pero hubo un día en que bajé los brazos y reconocí abiertamente que no tenía fe, que no sabía lo que era creer en Dios, que hasta entonces solo había sentido vacío al respecto. Fue una víspera de Pentecostés, la noche en la que se celebra al Espíritu Santo, la parte tal vez más misteriosa de la Trinidad. Cuando me desperté a la mañana, solo puedo decir que tuve la certeza de que había Algo más y eso me sacudió profundamente, como lo hacen las grandes cosas que suceden a los veinte años. Podría decir que la fe, como lo hizo con Saulo de Tarso y cuentan los Evangelios, me tiró del caballo. Esa certeza me suele seguir acompañando, como la de algo inexplicable que me habla del misterio que impregna la vida, de la forma que cada uno y cada una la conciba. Algo. Casi siempre está, es raro que desaparezca. Ese Algo me abraza en medio del silencio y me conecta con una esperanza de trascendencia, aunque a veces lo olvide. Seguramente la fe sin la acción , la reflexión, la libertad, la posibilidad de encontrar nuestras respuestas a temas centrales de la vida y traducirla en hechos, es el opio de los pueblos. Crea rebaños de fieles sumisos (y así la iglesia se alió con los poderes de turno durante muchos siglos y lo sigue haciendo, como vemos lo que sucede con la connivencia de los evangelismos con la ultraderecha en las recientes elecciones en Brasil y como lo hizo en algunos casos en las dictaduras). Pero la fe, la conexión con algo más grande que nosotros, es presentir que existe algo más allá de este enjambre de átomos vibrantes que es la materia  y es lo que quizás nos permita, algún día, atravesarlos con la mano, como lo hizo Jesús, el Nazareno.  Pertenece al orden de lo sagrado, eso que ni siquiera podemos nombrar de tanto misterio y ante lo que solo podemos entregarnos sin demasiadas preguntas, dejando que quizás alguna vez nos roce, en el momento menos pensado. 

 Hay personas a las que le sucede a la inversa. De día su mundo está organizado en agendas, estantes,  reglas para la convivencia, explicaciones racionales para todo. Pocas cosas pueden derribar la estabilidad. Pero tal vez de noche los fantasmas los asalten. La sospecha de que todo eso tiene poco o ningún sentido, el miedo a la aniquilación, a la muerte, a un lugar del que nunca se vuelve, al caos sin sentido. El terror nocturno los asalta y por eso el despertar es un alivio, el volver a poner los pies en la tierra que, de día les parece firme. (Por supuesto que estas dos posturas son extremas y en general oscilamos entre ambas, en distintos momentos de nuestra vida, sin embargo, creo que en algunas personas siempre una de ellas predomina sobre la otra).

 ¿Cuáles fueron nuestras primeras sensaciones, antes de nacer? ¿En qué momento empezamos a registrar algo? ¿Cuál  fue nuestro primer movimiento, nuestra primera incomodidad, nuestro primer momento de paz?, ¿Cómo despertamos a la vida prenatal? ¿Cómo nos afectaron las emociones de nuestra madre? Todo eso dejó una huella en nosotros. Felices aquéllos que fueron gestados en condiciones de amor y bienestar. 

Antes de nacer éramos pura sensibilidad. Después aprendimos a hablar y a pensar-nos, en un viaje de ida. Pensamientos y emociones se mezclaron, se influenciaron, se negaron, convivieron y conviven; se reprimen, se disfrazan, se justifican. Por las noches volvemos a un estado acuoso, en donde las luces se apagan y vagamos por nuestra inconsciencia como por una casa desordenada por la actividad de los días. Pero a veces despertamos tan indefensos...La mañana nos reclama para un mundo para el que muchas veces no estamos preparados y entonces sí, tal vez inconscientemente revivamos ese momento trascendente en el que abandonamos el vientre materno para salir al mundo y tuvimos que aprender sus coordenadas para poder sobrevivir. Cada mañana intento hacerlo de nuevo. Con mucha paciencia me sobrepongo y de a poco aplaco la sensibilidad que la noche reveló y aprendo a construir una casa para habitar, al menos por un día, hasta que me vuelva a dormir por la noche.

miércoles, 7 de octubre de 2026

 Me gusta mirar todos los días al pequeño hipocampo de plástico que tengo en un estante entre mis plantas de interior, subido a su pedestal que dice "Monte Hermoso". Seguramente, todos recordamos verlos lucirse en los comercios de la costa, en medio de los adornos hechos con caracoles y otras yerbas. De alguna de esas recorridas curiosas de las noches de verano, llegó a mi casa. Es cierto que hubo un tiempo en que vivió desterrado en el fondo de algún cajón, pero no hace mucho volvió a la luz y allí está, marcando el pulso de los días. Virando del azul brillante, al violeta y por último al rosado, según el aumento de la cantidad de agua del ambiente (gracias a que están cubiertos de un material poroso llamado gel de sílice que absorbe la humedad del aire y que tiene incorporada una sal, cloruro de cobalto, que cambia de estructura en contacto con el agua), mi pequeño meteorólogo me anuncia mejor que nadie los cambios del clima. Guarda la ternura de todos los que alguna vez los tuvimos en nuestra infancia y me une a ellos, cuando miro como hoy, caer la lluvia y lo veo brillar orgullosamente teñido de rosa.

sábado, 3 de octubre de 2026

 ¿Cómo transmitir la sensación de que en un punto infinitamente pequeño está contenida la totalidad y que de ese punto infinitamente pequeño puede explotar y expandirse infinitamente? El universo se expande desde ese punto, tal vez algún día vuelva a retroceder y volver a sí mismo, al silencio, al Uno, ¿a la Nada? ¿Se deshará sin dejar rastros? ¿O conservará el anhelo de empezar otra vez?

 En la sociedad del jolgorio y la diversión constante que nos proponen muchos medios de comunicación, hasta los canales centrales de aire, n...