miércoles, 16 de septiembre de 2026

 Leí hace tiempo sobre la magia que tiene que algo esté cubierto de musgo. Que el musgo crezca puede parecer una señal de abandono, pero también puede ser el tiempo en el que algún proceso se detiene y reposa. No hay apuro. Todo está inmóvil y por eso crece el musgo, como una señal de la paz, de la serenidad, de que no hay apuro por hacer. Anti-productividad. Musgo. Reposo. La naturaleza respira y crece imperceptiblemente alimentándose de lo mínimo y cubre los espacios que abandonamos o que esperan un nuevo comienzo. Dejar que el musgo crezca. No siempre hay urgencias. Esa es la enseñanza que él nos deja.

 La casa de mi infancia estuvo muchos años cerrada. Tantos en los que hubo un verano en el que, al asomarme a su puerta, vi a una planta que había crecido delante de ella. Era un signo de que nadie la había atravesado en mucho tiempo. Con un poco de desconfianza por ver con lo que me iba a encontrar y con mucho de pena por la planta, abrí con cuidado la puerta, que estaba cerrada con llave. Inmediatamente vi que desde la cocina se veía el movimiento de unas deterioradas cortinas, cuando empezó a circular el aire de extremo a extremo y percibí que esa brisa era fresca y amigable. Los muebles viejos y los objetos de la infancia se amontonaban por las habitaciones, en forma desordenada pero sin embargo apacible. Volví a cerrar la puerta y, con el tiempo seguí pensando con ternura en esa pequeña casa, que tanto nos había cobijado. Y fue así como hubo un día en el que conseguimos acrílicos de colores y con mi hermana pintamos un montón de soles en el lado de afuera de las paredes, en el lateral y en el frente. Y con aerosoles grafitteamos el piso de cemento del patio. Y tiempo después, pedimos un contenedor y un día de invierno de mucho sol la vaciamos y sacamos casi todo al patio, lo clasificamos y tiramos lo que no servía. Y después limpiamos la casa por dentro. Prendimos velas, palo santo y nos sentamos a descansar mientras tomábamos mate. La historia siguió y hoy vive mi hermana en ella. Las habitaciones se resignificaron, pero siguen estando el laurel y el naranjo en el patio de atrás, bajo cuya sombra la casa descansa y sigue latiendo con su corazón pequeño y amoroso.

lunes, 14 de septiembre de 2026

Hay personas que viajan por el mundo externo. Recorren países, van de un lado al otro y esa es su forma de vida . Otros, nunca nos cansamos de viajar por nuestro mundo interno, con sus infinitos paisajes. Nuestra brújula va hacia adentro y siempre encontramos, con el tiempo, nuevos lugares que nos sorprenden. Una posibilidad intermedia es la que tienen los que viajan por ambos. Y así lo exterior enriquece a lo interior, al complejizarlo. Y lo interior, como un prisma, transforma la mirada. Cada cual sabe adónde se ubica, según su naturaleza y sus posibilidades.

domingo, 13 de septiembre de 2026

 Necesitamos escuchadores. Personas con la naturaleza del agua, que reciban las palabras del otro sin juzgar. Sin opinar ni aconsejar. De la propia madeja que se desenrolla en la escucha generosa, puede surgir algo nuevo e inesperado para ambos. Hace falta hacer silencio para que la palabra del otro se despliegue y, al escucharse a sí mismo, encuentre quizás alguna respuesta.

sábado, 12 de septiembre de 2026

 En disciplinas orientales, como el Tai Chi, se trabaja con algunos ejercicios en la alternancia del suspender y el sedimentar. Incluso existe la hermosa postura del extremo vacío, algo difícil de percibir si uno/a no tiene alguien formado/a que se lo transmita en persona. Algo de eso queda en mi cosmovisión y trato de trabajarlo desde hace tiempo: la alternancia entre la acción y la calma, entre el movimiento y la serenidad, ambos necesarios y complementarios. En tiempos de aceleración y distracciones continuas, ser conscientes de esto creo que puede ayudarnos a encontrar un centro y a no quedar atrapados/as en ninguno de los dos extremos. Es peligroso tanto el agotarse en la acción como el paralizarse en su contrario, la inmovilidad, que puede llevarnos a la depresión. La ansiedad y la depresión son las dos caras de la misma moneda, la incapacidad de conectarnos y estar en paz. Creo que entrenar entre estos dos estados, movernos, suspender, pero periódicamente sentarnos a respirar, a no hacer nada, a contemplar, a sedimentar como dice el Tai Chi, puede hacernos mucho bien.

lunes, 31 de agosto de 2026

 Interpretamos el mundo que ven los demás desde nuestra realidad psíquica. Pero no sabemos cuáles son las vivencias, las historias, los secretos más íntimos que condicionan su manera de hacerlo, con infinitos matices. Creemos, en nuestra soberbia, saber quién es el otro y por eso lo juzgamos. Pero el otro es un misterio incluso para sí mismo, así como nos pasa a nosotros. Ojalá pudiéramos dejar de interpretar, de explicar, de analizar, para simplemente conectar y abrirnos al encuentro en donde los dos creamos algo nuevo, único, porque todo vínculo nos transforma. En una danza alquímica, millones y millones de vínculos creamos y sostenemos el mundo del que somos parte.

 En las plazas o detrás de las ventanas de los cafés, el tiempo parece transcurrir más lento. La mirada se pierde mientras el pensamiento vaga, con una atención distraída. Hay una etapa de la vida, cuando nos jubilamos, en la que entramos en un territorio desconocido. Por todos lados nos alarman, preguntándonos qué proyectos tenemos, qué vamos a hacer y nos dan muchas recomendaciones, por las dudas. Sin embargo, una vez que nos vamos adentrando en esas aguas, vamos desarrollando una mirada aún más contemplativa de la vida. Y los pájaros muchas veces son nuestros maestros, en plazas y parques, o aún en las ventanas. Caminamos más lento porque cada imagen puede ser descubierta en un nuevo detalle. Y así, el mundo se amplifica desde lo más pequeño, aunque aparentemente, solo estemos dando una vuelta a la manzana.

 Leí hace tiempo sobre la magia que tiene que algo esté cubierto de musgo. Que el musgo crezca puede parecer una señal de abandono, pero tam...