jueves, 1 de octubre de 2026

Cuando pienso en los adultos mayores pienso tanto en los jubilados que van a manifestarse cada miércoles al Congreso para reclamar por sus derechos y que viven situaciones angustiantes, son reprimidos y llegan incluso a morir por la falta de medicamentos, pero también pienso en las generaciones de adultos mayores longevos, a las cuales muchos de nuestros padres pertenecen. A algunos de ellos todavía los protegen los restos de un sistema de salud que está cada vez más deteriorado, junto, en muchísimos casos, a la ayuda de los hijos que podemos hacerlo, en muchos sentidos, desde lo económico, lo afectivo, garantizando los cuidados cotidianos que estas personas que en muchos casos superan largamente los 80 años, necesitan. Así, muchos de ellos incluso tienen la posibilidad de seguir viviendo en sus hogares, mediante la gestión de un minucioso plan de articulación de cuidadoras, atención médica y medicamentos adecuados.
Este año cumplo 60 y me pregunto ¿Quiénes se ocuparán de nosotros en el futuro? Con sistemas de salud cada vez más precarios no sabemos si alcanzaremos por lo tanto en estas nuevas sociedades más vulnerables, tan longevas edades, pese a los avances de la medicina que lo permitirían en potencia, pero a los que tal vez no tengamos acceso. Pareciera que las personas que podríamos en ese sentido vivir más años, estaríamos en riesgo en estas nuevas sociedades distópicas y atomizadas. Está en nosotros pensar en futuros posibles en donde podamos seguir habitando nuestra humanidad y me quedo con el título del último libro de Hugo Mujica: "La pasión por lo posible", porque creo que se necesita pasión para seguir remando en estas aguas inciertas, en barcos que alcancen para todos.

 La virtualidad creció exponencialmente con la pandemia y se instaló en muchas actividades, entre ellas en el espacio terapéutico. Escribo esto desde mi experiencia de paciente. La terapia virtual me acompañó y me acompaña muchas veces, en momentos en los que, por determinadas circunstancias, no puedo trasladarme físicamente hasta el consultorio, pero mi experiencia entre ambas modalidades es totalmente distinta. Llegar al consultorio del terapeuta es llegar a un espacio de contención, en donde podemos aflojarnos. Me ha pasado, alguna vez, apenas traspasar la puerta y sentarme, el ponerme a llorar sin saber bien por qué, tal vez porque algo se había descomprimido. En mi experiencia personal, como paciente, puedo decir que conecto con el cuerpo del terapeuta, con toda su gestualidad, con su respiración, con sus silencios, sus cambios de postura. Uno lee, o por lo menos yo lo hago, un número enorme de señales que, cuando hay conexión entre terapeuta y paciente, van generando una regulación inconsciente. El consultorio es un lugar aislado del mundo, cuidado, protegido. Y en ese sentido, para mí, necesario. Celebro que exista la posibilidad de la virtualidad cuando por distintas circunstancias la presencialidad no es posible, pero al menos para mí, esta última es irreemplazable.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

 El estar es también el nombre de una habitación que tienen algunos hogares. Es el lugar en donde se conversa, se escucha música, el espacio ideal para la conexión con los otros. Y si en la habitación propia se preserva la intimidad, la reflexión, la fantasía, el estudio, la soledad creativa, en la habitación de nombre estar, muchas de esas cosas pueden compartirse y enriquecerse. Nace el diálogo que habilita la comprensión y también la escucha, mediante la presencia de un otro que nos regula inconscientemente cuando estamos alterados, y viceversa. En mi estar hay un mate de por medio, que va y viene de a ratos medio distraído, una luz tenue que suaviza la risa o el llanto que aparecen a veces, un gato que duerme en un rincón. Después vendrá el momento de volver a la soledad de la habitación, en donde nos reencontramos con nosotros mismos, pero ojalá, no sé si todos pero sí muchos hubiéramos tenido o tengamos en nuestros hogares una hermosa y simple sala de estar. 

 Uno está en el otro cuando se olvida de sí mismo, cuando deja de pensar en el tiempo que pasa y que falta para volver a estar solo. Absorto en la existencia, uno no se da cuenta de que es feliz y así, tan simplemente, lo consigue.

lunes, 28 de septiembre de 2026

 Creo que el bien y el mal son los extremos de una misma cuerda. Uno tira de cada extremo y busca desplazar al otro, atraerlo hacia sí. Pero ambos son necesarios. Uno no existiría sin el otro.   En esa tensión, en esa ¿ lucha?, está el hombre, yendo íntimamente de un lado al otro. Y en esa lucha evoluciona, siglos, milenios, eones? a la manera del taoísmo, como en los círculos del yin y el yang, en donde el yin genera el yang y viceversa. Me gusta pensar en este juego como en el de la "cinchada", de cuando éramos chicos. Un grupo tomaba la cuerda de un lado y el otro, del otro extremo y jugábamos a ver quién tenía más fuerza, para hacerlos caer. El juego se reiniciaba entre risas y tal vez así lo haga infinitamente. No creo en la condena eterna, no creo en el infierno. Creo en el dinamismo de una lucha que se genera dentro de cada hombre, de cada mujer, en donde nos enfrentamos a nosotros mismos, en un camino de evolución.

domingo, 20 de septiembre de 2026

 Uno puede ser un lugar para el otro, un sitio adonde estar. En un hipotético mundo vacío, un otro es un lugar disponible para habitar, aunque sea por un rato, y viceversa. Una casa que se levanta en medio de la nada, mediante un pacto. Desde la soledad que nos constituye, un otro nos permite de a ratos olvidarla. Estar en el otro es otro modo de estar en la vida. Con sus alternancias. El silencio al que volvemos como lo hace la música en la melodía para  diferenciarnos, es absolutamente necesario. Estamos en el otro porque y solo porque podemos estar en nosotros mismos al mismo tiempo. Si no, el otro nos aliena, nos consume. Estar en la vida y estar en el otro sucede a veces, el respeto a la intimidad lo hace posible y hace posible la convivencia.

 Mi abuelo materno era socialista, "Jesucristo fue el primer socialista", me decía, con una sonrisa seria cuando recibía "La Vanguardia". Mi abuela paterna era descendiente de pueblos originarios y silenciosa como ellos. De mi abuelo paterno, el Azpilicueta navarro, me llega un legado de tradiciones católicas que si bien no practicaba, en algún rincón del ADN traía y se remontaba hasta el jesuita San Francisco Javier. De mi abuela materna, la que partió más pronto, me queda el color del pelo y la costumbre de cantar cada tanto, cuando nadie me escucha. De esa mezcla vengo, de una biblioteca materna y de ese aire despreocupado paterno de ir silbando bajito, de un lado al otro. Él miraba al patio del fondo como si fuera el horizonte mientras tomaba mate, como yo miro desde la ventana a los edificios, confundiéndolos con el mar. Dejo pasar el tiempo y mis pies juegan a atravesar los once pisos que me separan de la tierra de donde vengo. Una golondrina canta cerca de mi ventana y me recuerda que llega la primavera.

Cuando pienso en los adultos mayores pienso tanto en los jubilados que van a manifestarse cada miércoles al Congreso para reclamar por sus d...