Una, dos, tres partículas que viajan y transforman la realidad, cada partícula individual habla un idioma propio que decodificamos sin darnos cuenta, nos afecta, siempre nos afecta. Todo nos afecta, el agua es una sustancia conductora de cargas eléctricas, se ioniza, el elemento agua se conmueve con la realidad. El agua no es la piedra, no es el aire, no es el fuego. En el agua se dieron las condiciones propicias para el nacimiento de la vida, en el agua estuvimos esperando nacer, nos duchamos todos los días para purificarnos y bebemos agua porque es el 70% de nuestro organismo, en donde transcurren casi todas las reacciones químicas, en medio acuoso. Podemos estar sin luz, sin gas, sin comida, pero no sin agua. Hace días se cortó el agua en mi departamento y fue una pesadilla. De tan omnipresente olvidamos su rol fundamental en nuestra vida. El agua se asocia con la música (por eso cantamos en la ducha) y con las emociones, en la medicina china con el invierno y con los riñones. Cuando tenemos miedo nos hacemos pis encima, el agua nos desborda, como cuando la tristeza nos inunda y lloramos. Y nos aliviamos. El agua hace un ciclo en la naturaleza, que estudiamos en la escuela, se evapora, y vuelve en forma de lluvia. El agua viaja desde las montañas hasta el mar llevada por los ríos y en los mares la luna la afecta, en las mareas, que trasladan las enormes masas de agua. En nuestro cuerpo, la luna también actúa sobre el agua que somos, sobre nuestras acuosas emociones. El agua hierve a veces adentro nuestro (simbólicamente) o se va secando, se va perdiendo, se va escurriendo cuando nos dejamos morir. Ser conscientes de la importancia del agua amplifica nuestra conciencia, se escurre entre nuestros dedos cuando queremos tomarla, nos sorprende en un aguacero intempestivo, se hace desear en las sequías, que combaten los chamanes hacedores de lluvias. El agua, de dónde vendrá, de qué secreto universo acuoso, poblado de seres como peces que la respiran sin problemas. El agua, el dador de electrones en la fotosíntesis, con la que regamos nuestras plantas cotidianamente, el agua que navegan los marinos, poblada de seres de todo tipo y color, contaminada por los que no la conocen ni aman su esencia. Agua sagrada, yo te bendigo porque me diste la vida.
Castalia despeinada
viernes, 19 de junio de 2026
¿Qué nos atrae de algunas personas? ¿Cuál es el misterio? Tal vez, ellas nos transmitan algo que necesitamos aprender, algo que oscuramente deseamos y no sabemos qué es. ¿Viajar en el tiempo? ¿en la distancia? ¿ la omnipresencia? ¿Qué logramos con eso? ¿Qué le aportamos al mundo con nuestra silenciosa sabiduría? Somos como una lámpara incandescente encendida en una habitación herméticamente cerrada, las partículas luminosas atraviesan las paredes y viajan hasta quién sabe dónde, son recibidas, iluminan. ¿Alivian o potencian el dolor? ¿Qué sentido tiene ese tipo de comunicación?
¿Será posible traducir todos los colores del espectro a palabras? Dicen que los esquimales tienen innumerables palabras para describir el color de la nieve, pero no creo que haya una para describir el matiz exacto del desamor. Tal vez se parezca a una foto del Riachuelo en un día de lluvia, plagada de melancolía.
Desde algún lugar oscuro, casi inaccesible, surge una idea. Cubierta de barro y algas emerge, misteriosa, como si estuviera encriptada en algún antiguo códice que tuviéramos que descifrar. Con más o menos dificultad, la enjuagamos y traducimos a un pensamiento, en principio tosco, en bruto, como un diamante sin pulir. Con esfuerzo, buscamos el modo de verbalizarlo, de comunicarlo, esquivando las mil y una barreras que tenemos construidas a la defensiva, de modo de no ofender a nadie, de ser amable, condescendiente, en fin, una persona razonable. Pero a veces desde la profunda oscuridad surgen presiones intolerables y uno a uno van cayendo los filtros. Hablamos, decimos. Y el mundo se estremece cuando de una vez por todas la traducción es correcta, refleja lo que somos y veníamos callando y hasta nos sorprende a nosotros mismos. El ejercicio de destrabar todas estas barreras es lo que hacemos con la terapia, con la escritura, con el diálogo sostenido con las personas adecuadas a lo largo del tiempo. Aprendemos a ser honestos con nosotros mismos y con los demás, de un modo inesperado, que cada día nos sorprende más. Es que callábamos porque no teníamos palabras y de a poco fueron apareciendo, como las luces de la mañana que desde entonces brilla un poco más.
Destapar la caja de Pandora e investigarla concienzudamente, organizarla, clasificarla, poner en palabras lo inasible, lo que nunca supimos qué es, lo que nos atormenta detrás de la sonrisa y rigidiza el rostro, le pone un freno a los músculos de la lengua y cierra la garganta, nubla la mirada, opaca la risa. Tergiversa nuestro decir, hace malabares con las ideas para que no se filtre lo que creemos que es verdadero pero por conveniencia ocultamos. Cargamos día y noche con un balde de agua helada que quisiéramos arrojarle en la cabeza a mucha gente, para que despierten y se hagan cargo de sí mismos, para que dejen de limosnear, atención, compasión, para que dejen de intentar de llenar su vacío con nuestra existencia, algo que nunca conseguirán porque es imposible. Hay que ser valiente para plantarse sobre los propios pies y dejar de andar por la vida echándole la culpa a los demás de nuestros fracasos. Algún día vendimos nuestra existencia por un poco de seguridad y desde entonces nos llevan de la correa, como una mascota reluciente que exhiben orgullosos. Nos alimentan con cuidado, simples mascotas de las que se espera fidelidad ciega, que no pueden salir a la calle solos, no sea que se escapen y recuerden lo que es la libertad, esa que tenían cuando eran callejeros.
El mundo está lleno de personas que saben quiénes son. Abogados, médicos, arquitectos, contadores y hasta futbolistas, todos parecen encajar en el lugar indicado. El manzano no quiere ser naranjo ni el limonero un laurel. Por lo menos aparentemente. Van por la vida seguros de sí mismos, con un nombre y un apellido, un número de documento, tal vez un pasaporte, una tarjeta de crédito y una licencia para conducir. ¿Para conducir qué? Un montón de vidas anónimas atadas a su destino implacablemente, como el perro a la correa, como si vivir no fuera un permanente vértigo, un preguntarse cada día (o por lo menos cada tanto), quién es uno y para qué está en la tierra durante este tiempo que nos toca. Mientras la pelota yira y yira en las canchas mundialistas, todavía quedan personas que miran al cielo buscando respuestas que cada tanto encuentran, siempre provisorias, desde el silencio de su corazón. Tal vez, algún día nos toque un penal a favor nuestro, que defina el partido.
jueves, 18 de junio de 2026
Cuando recién vine a vivir a Buenos Aires, veía desde el colectivo muchas casas muy lindas, que tenían en las ventanas unas hermosas cortinas blancas, bordadas. Esas cortinas eran para mí el símbolo de acceso a un mundo superior, al que yo no pertenecía, pero al que intuía oscuramente que algún día iba a llegar. Y mi preocupación era entonces: ¿sería capaz de adornar mis ventanas con esas cortinas blancas, tan primorosas? ¿Adónde las conseguiría? Pensaba una y otra vez que las madres les transmitían ese secreto a sus hijas, la forma de conseguir cortinas adecuadas para sus elegantes ventanas, como una característica de distinción.
Muchos años después sonrío cuando sigo viendo las blancas cortinas. Nunca llegué a pertenecer a ese mundo refinado y hoy en día estoy lejos de querer hacerlo. La vida nos va transformando en aquello que siempre fuimos y que no quisimos ver, no supimos ver, no pudimos ver. Mis ventanas tienen cortinas que se asoman a un mundo tan propio que no sabría definirlo, más que con intentos de dibujos y poemas. La miseria y la gloria me habitan, como a la mayoría de los humanos.
Una, dos, tres partículas que viajan y transforman la realidad, cada partícula individual habla un idioma propio que decodificamos sin darn...
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No recuerdo cómo fue que la Encíclica Rerum Novarum llegó a mis manos a fines de los 80, la leía con una mezcla de ilusión y respeto, el mis...
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Quiero reflexionar sobre lo que significa la expresión para mí, tanto en la escritura como en el dibujo o la pintura. No elijo desde la con...