lunes, 22 de junio de 2026

Desde muy chica mis padres se vieron obligados a explicarme que el famoso Papá Noel no existía. El tema era que yo, apenas se lo nombraba, entraba en pánico y empezaba a llorar. Recuerdo vagamente mis impresiones de entonces, yo pensaba: ¿de qué extraño lugar viene este ser, por más que venga cargado de regalos? Hoy en día no deja de sorprenderme que los niños no le teman a una aparición de este tipo, proveniente de otro plano de la existencia, desconocido. Por eso, no participé en mi infancia de la ilusión de la Navidad, recibía mis regalos con pragmatismo, sabiendo que los habían comprado mis padres o abuelos. Mientras el pueblo se prepara para la fiesta mundialista, no puedo evitar sentir algo parecido. El sentirme excluida de un festejo colectivo que alegra a todo el mundo y del que me quedo afuera. Me genera algo parecido a la ternura la euforia por los partidos, y también un poco de tristeza. Un Papá Noel albiceleste corre detrás de una pelota de fútbol, repartiendo goles en vez de regalos, para todos los que creen en él.

domingo, 21 de junio de 2026

En una época de mi vida iba a un taller de escritura, un poco para aprender a escribir mejor y otro poco para conocer gente, ya que era un período de mi vida de mucha soledad. Era los sábados a la mañana. Uno de esos días se me ocurrió llevar una torta, para compartir. Compré todo especialmente para prepararla, pero la torta se quemó. Mientras hacíamos tiempo para empezar la clase, conté el incidente, a lo que el profesor comentó: "acá la gente viene a contar lo que hace". Era esperable sin duda que habláramos de libros y autores y yo salí con mi modesto accidente doméstico. Debería haberme molestado el despectivo comentario, pero no fue así. Muchas veces lo recuerdo, hoy tal vez porque hice una torta como entonces y en el mismo molde, aunque no se quemó. Pero mientras esperaba que se cocinara pensaba en que tal vez yo había reaccionado con la mansedumbre de quienes están acostumbrados desde siempre a que se los ningunee. No me sorprendió por eso el comentario y casi que ni me dolió. Me reconocí ajena a un mundo superior intelectual, hablando de mis minucias, aunque es evidente que el suceso dejó huella en mi memoria, porque por algo siempre lo recuerdo. No volví a abrir la boca ni ese ni otros días, mientras hacíamos tiempo para empezar la clase. Era evidente que no estaba a la altura de las circunstancias y que raramente sentiría que lo estaba en el futuro, por eso mi refugio son estas palabras que se amontonan sin cesar en este espacio y que quien sabe quien lee. A esas personas, les dejo un saludo, a falta de una porción de torta.

viernes, 19 de junio de 2026

 Una, dos, tres partículas que viajan y transforman la realidad, cada partícula individual habla un idioma propio que decodificamos sin darnos cuenta, nos afecta, siempre nos afecta. Todo nos afecta, el agua es una sustancia conductora de cargas eléctricas, se ioniza, el elemento agua se conmueve con la realidad. El agua no es la piedra, no es el aire, no es el fuego. En el agua se dieron las condiciones propicias para el nacimiento de la vida, en el agua estuvimos esperando nacer, nos duchamos todos los días para purificarnos y bebemos agua porque es el 70% de nuestro organismo, en donde transcurren casi todas las reacciones químicas, en medio acuoso. Podemos estar sin luz, sin gas, sin comida, pero no sin agua. Hace días se cortó el agua en mi departamento y fue una pesadilla. De tan omnipresente olvidamos su rol fundamental en nuestra vida. El agua se asocia con la música (por eso cantamos en la ducha) y con las emociones, en la medicina china con el invierno y con los riñones. Cuando tenemos miedo nos hacemos pis encima, el agua nos desborda, como cuando la tristeza nos inunda y lloramos. Y nos aliviamos. El agua hace un ciclo en la naturaleza, que estudiamos en la escuela, se evapora, y vuelve en forma de lluvia. El agua viaja desde las montañas hasta el mar llevada por los ríos y en los mares la luna la afecta, en las mareas, que trasladan las enormes masas de agua. En nuestro cuerpo, la luna también actúa sobre el agua que somos, sobre nuestras acuosas emociones. El agua hierve a veces adentro nuestro (simbólicamente) o se va secando, se va perdiendo, se va escurriendo cuando nos dejamos morir. Ser conscientes de la importancia del agua amplifica nuestra conciencia, se escurre entre nuestros dedos cuando queremos tomarla, nos sorprende en un aguacero intempestivo, se hace desear en las sequías, que combaten los chamanes hacedores de lluvias. El agua, de dónde vendrá, de qué secreto universo acuoso, poblado de seres como peces que la respiran sin problemas. El agua, el dador de electrones en la fotosíntesis, con la que regamos nuestras plantas cotidianamente, el agua que navegan los marinos, poblada de seres de todo tipo y color, contaminada por los que no la conocen ni aman su esencia. Agua sagrada, yo te bendigo porque me diste la vida.

 Desde algún lugar oscuro, casi inaccesible, surge una idea. Cubierta de barro y algas emerge, misteriosa, como si estuviera encriptada en algún antiguo códice que tuviéramos que descifrar. Con más o menos dificultad, la enjuagamos y traducimos a un pensamiento, en principio tosco, en bruto, como un diamante sin pulir. Con esfuerzo, buscamos el modo de verbalizarlo, de comunicarlo, esquivando las mil y una barreras que tenemos construidas a la defensiva, de modo de no ofender a nadie, de ser amable, condescendiente, en fin, una persona razonable. Pero a veces desde la profunda oscuridad surgen presiones intolerables y uno a uno van cayendo los filtros. Hablamos, decimos. Y el mundo se estremece cuando de una vez por todas la traducción es correcta, refleja lo que somos y veníamos callando y hasta nos sorprende a nosotros mismos. El ejercicio de destrabar todas estas barreras es lo que hacemos con la terapia, con la escritura, con el diálogo sostenido con las personas adecuadas a lo largo del tiempo. Aprendemos a ser honestos con nosotros mismos y con los demás, de un modo inesperado, que cada día nos sorprende más. Es que callábamos porque no teníamos palabras y de a poco fueron apareciendo, como las luces de la mañana que desde entonces brilla un poco más.

 El mundo está lleno de personas que saben quiénes son. Abogados, médicos, arquitectos, contadores y hasta futbolistas, todos parecen encajar en el lugar indicado. El manzano no quiere ser naranjo ni el limonero un laurel. Por lo menos aparentemente. Van por la vida seguros de sí mismos, con un nombre y un apellido, un número de documento, tal vez un pasaporte, una tarjeta de crédito y una licencia para conducir. ¿Para conducir qué? Un montón de vidas anónimas atadas a su destino implacablemente, como el perro a la correa, como si vivir no fuera un permanente vértigo, un preguntarse cada día (o por lo menos cada tanto), quién es uno y para qué está en la tierra durante este tiempo que nos toca. Mientras la pelota yira y yira en las canchas mundialistas, todavía quedan personas que miran al cielo buscando respuestas que cada tanto encuentran, siempre provisorias, desde el silencio de su corazón. Tal vez, algún día nos toque un penal a favor nuestro, que defina el partido.

jueves, 18 de junio de 2026

 Cuando recién vine a vivir a Buenos Aires, veía desde el colectivo muchas casas muy lindas, que tenían en las ventanas unas hermosas cortinas blancas, bordadas. Esas cortinas eran para mí el símbolo de acceso a un mundo superior, al que yo no pertenecía, pero al que intuía oscuramente que algún día iba a llegar. Y mi preocupación era entonces: ¿sería capaz de adornar mis ventanas con esas cortinas blancas, tan primorosas? ¿Adónde las conseguiría? Pensaba una y otra vez que las madres les transmitían ese secreto a sus hijas, la forma de conseguir cortinas adecuadas para sus elegantes ventanas, como una característica de distinción.

Muchos años después sonrío cuando sigo viendo las blancas cortinas. Nunca llegué a pertenecer a ese mundo refinado y hoy en día estoy lejos de querer hacerlo. La vida nos va transformando en aquello que siempre fuimos y que no quisimos ver, no supimos ver, no pudimos ver. Mis ventanas tienen cortinas que se asoman a un mundo tan propio que no sabría definirlo, más que con intentos de dibujos y poemas. La miseria y la gloria me habitan, como a la mayoría de los humanos.

 Creo que el que no se maravilla por la Ciencia es porque no se la explicaron bien. Ella es una buscadora incansable, una mano que intenta abrir el cielo, que construye escaleras con explicaciones para alcanzarlo. Fabrica andamios sobre los que hombres y mujeres caminamos.

He olvidado las tardes en las que resolvía Ecuaciones Matemáticas, ese mundo seguro en el que me podía refugiar. La Biología me habló del misterio de la Vida y la Muerte y le escapé a la Historia por no ver pelear a los hombres. La Química me desintegró como a un átomo y me dio conciencia del vacío que habitamos, poblado de partículas vibratorias.

Si se trata de explicar y explicar, para entender, lo primero que tenemos que entender es que nunca la Ciencia va a dejar de buscar y de intentar construir nuevo conocimiento con los recursos que tiene a mano. Los instrumentos son los que paradójicamente la limitan. Si tuviéramos un telescopio lo suficientemente poderoso podríamos acercanos a los orígenes de nuestra Historia Cósmica, quién sabe si algún día llegáramos a ver el Bing Bang. Pero mientras tanto, seguimos enfrentándonos al Amor, a la Muerte, al misterio de la flor que surge en medio del cemento y no sabemos de dónde viene, a la Fuerza que impulsa el germen de la semilla.

En mi caso, a través del camino del arte y la poesía, en un momento de mi vida, empecé a construir lentes, microscopios para mirar adentro mío y traer a la superficie visiones de los otros mundos que están en este. Machado, en sus poemas, como cantaba Serrat, decía que amaba los mundos sutiles, como pompas de jabón. Creo que estamos rodeados de mundos sutiles, que habitamos mundos sutiles, a los que nuestra querida y perseverante Ciencia aún no ha llegado. Sigue y sigue en sus intentos, mientras los poetas y los artistas, tratamos de cantarle al Amor y a la Belleza que esconde el Universo, en medio de sus misterios.


Desde muy chica mis padres se vieron obligados a explicarme que el famoso Papá Noel no existía. El tema era que yo, apenas se lo nombraba, e...