domingo, 25 de enero de 2026

 El tiempo pasa tan rápido que muchos olvidan que hace casi seis años comenzamos a atravesar una pandemia. En esos días, se decía con tono apesadumbrado que había una maldición china que sentenciaba: "ojalá te toquen vivir tiempos interesantes". Pese a todo, pese a la velocidad de los días transcurridos, pese a la urgencia por hacer todo lo que no significa nada y pese a que paulatinamente nos vamos acostumbrando a grados cada vez más altos de crueldad social sin inmutarnos, como si fuéramos ranas que nos van sumergiendo en agua que se calienta imperceptiblemente y así mueren hervidas sin darse cuenta, creo en lo profundo del corazón que ese aislamiento y ese coqueteo con la muerte que fue la pandemia, esa magnífica demostración de fuerza del imperio del fin del fin, dejó secuelas en el fondo de nuestra esencia. Aunque las ignoremos, aunque el vertiginoso avance de los días nos atonte y olvidemos quiénes somos, hay noches y tal vez más que nada cuando la luna crece, que la recuerdo en silencio y me pregunto si algo aprendimos o si fue todo pérdida y quedó en el olvido. Si tal vez, esa indiferencia por el destino del otro se fue incubando junto con el virus mortal que entonces nos acechaba, si el lucero guarda alguna promesa para esos niños que siguen naciendo, como si nada hubiera pasado.

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