lunes, 22 de junio de 2026
Desde muy chica mis padres se vieron obligados a explicarme que el famoso Papá Noel no existía. El tema era que yo, apenas se lo nombraba, entraba en pánico y empezaba a llorar. Recuerdo vagamente mis impresiones de entonces, yo pensaba: ¿de qué extraño lugar viene este ser, por más que venga cargado de regalos? Hoy en día no deja de sorprenderme que los niños no le teman a una aparición de este tipo, proveniente de otro plano de la existencia, desconocido. Por eso, no participé en mi infancia de la ilusión de la Navidad, recibía mis regalos con pragmatismo, sabiendo que los habían comprado mis padres o abuelos. Mientras el pueblo se prepara para la fiesta mundialista, no puedo evitar sentir algo parecido. El sentirme excluida de un festejo colectivo que alegra a todo el mundo y del que me quedo afuera. Me genera algo parecido a la ternura la euforia por los partidos, y también un poco de tristeza. Un Papá Noel albiceleste corre detrás de una pelota de fútbol, repartiendo goles en vez de regalos, para todos los que creen en él.
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