Trabajosamente, subo la escalera que lleva hasta el techo del mundo, llevando un banquito al hombro. Cuando llego, lo apoyo con cuidado en el piso y me subo despacio, para no caerme. Con el dedo voy señalando a un lado y al otro mientras hablo y explico cómo deben ser las cosas: esto por aquí y esto por allá; esto se puede y esto no; en aquél rincón un poco de orden y los del fondo se callan. Pero casi siempre, en algún momento, el banco tambalea, un hoyo se abre y caigo por un túnel hasta el centro del mundo. Me siento en el piso, agacho la cabeza y me juro a mí misma que no lo haré más.
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