jueves, 28 de mayo de 2026

 No pinto flores. No pinto caballos. No pinto paisajes. Si aparecen siluetas es porque se colaron entre los trazos y pinceladas y vienen de quién sabe dónde, probablemente desde algún lugar oscuro de mi inconsciente, que ellas vienen a revelar.

Pinto, como leí por ahí, mis conmocionados estados internos. Más o menos regulados.

Hay días que son de líneas rectas o curvas, de puntillismos, de grafismos, de actitudes meditativas.

Hay días oscuros, como los de la tinta china y la carbonilla, a los que los pasteles de colores suavizan.

Y siempre vuelvo al acrílico, como a una agua conocida en la que me sumerjo para renacer.

Pintar, dibujar, es pensar en definitiva. Es pensar sin palabras, es ver lo que uno piensa en una imagen, en un gesto, es dejarse llevar por la emoción y tratar de volver al equilibrio. Es descargarse y mantener los límites. Es dar un salto al vacío, cuando no hay red, para descubrir de pronto que se puede volar, y no lo sabíamos.

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