Un año más es la Feria del Libro en Buenos Aires, cumpliendo el aniversario 50 en este caso y una vez más no voy a ir. Las multitudes me agobian y el exceso de libros me produce ataques de ansiedad. Apenas puedo entrar a una librería tranquila, en general voy con un título preciso en la cabeza, derechito a pedírselo al vendedor y salgo raudamente una vez que lo consigo. Otra cosa me sucede en El Debate-Librería, allí voy cada tanto y me siento tranquila, dejando que los libros me abracen desde las paredes y que el olor que tienen se impregne en mi ropa, en mi piel, en el pelo. Miro los estantes para descubrir algún libro recién llegado que se haya colado o bien voy hasta las mesas y revuelvo una y otra vez, en busca de antiguas novedades. En las librerías de usados nunca sabemos con qué nos vamos a encontrar y ese es su principal encanto. Los clásicos y los insólitos conviven en abigarrados pilones que amenazan a la ley de gravedad y cada tanto se desmoronan. Y a veces, entre sus páginas, aparecen boletos de colectivos, envolturas de golosinas, flores desecadas y por supuesto, en la primera de ellas, dedicatorias de todo tipo a sus primeros poseedores, aquéllos cuyos ojos fueron los primeros en disfrutarlos.
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