A veces soy como un papel secante,
me sumerjo en la tinta oscura que asciende y me vuelve gradualmente de color
negro. En la noche de invierno tan larga, en los días de la lluvia, aún perdura
la antigua pregunta: por qué, por qué.
Después de
tantas palabras que agitaban la noche, comprendí que contemplando la luna de febrero
podía dejarme llevar hacia ese estado anterior al sueño, en el que las ideas se
esfuman mientras algunas visiones resplandecen más claras, a salvo de la
confusión del día. Impávida pero contenedora, amenazante a veces, la luz
plateada se refleja en algunos rostros cuando piensan en cuidar a alguien y
protegerlo de todo mal, que esté a su alcance.
Llegó el
tiempo de aprender a caminar de nuevo, de habitar nuevas ciudades, destilar
palabras que emerjan desde lo profundo del agua barrosa, palabras que la luz
atraviesa en medio del silencio y con antiguos códigos transmiten mensajes de
un mundo perfecto desde lo imperfecto. Desde la grieta de la antigua herida
surge la huella dorada como recuerdo y señal de lo vivido, para no olvidarlo y
compartirlo, poblar de carteles luminosos las rutas y caminos con manos que
señalen el cielo, con raíces de ombúes desde donde anclarnos para albergar
pájaros que despidan el día en los atardeceres.
Voy al mar
todas las tardes, camino descalza en la arena hasta el agua y juego con la
espuma que va y viene. Las gaviotas vuelan a lo lejos y se respira una brisa
fresca que estimula. El sol es suave a esta hora, el cielo se va volviendo de
un color entre rosa y anaranjado a medida que atardece. La playa está desierta,
solo se oye el murmullo de las olas en su eterno retorno. La profundidad del
azul se extiende sin límites. El mar, ese misterio de dónde venimos al que viajo
en silencio cada tarde desde mi solitaria habitación. En las sombras de la
pared, en el ir y venir de las cortinas y en el eco de los sonidos de los
automóviles y el tren, el mar también va y viene y nos unifica, vive en
nuestras mentes y en los sueños a donde viajamos por las noches. Sin saberlo,
el mar nos envuelve y acuna y volvemos a ser niños que esperan nacer.
La
maravilla de los días y las noches que se repiten y nunca vemos, la alternancia
de los opuestos que habita la naturaleza respirando incesante y acechando
presencias, sonidos sutiles, mientras la realidad danza y es distinta para cada
ser, un caleidoscopio de imágenes que crean y deshacen historias en la película
en que somos el protagonista, un halo de luz nos rodea mientras recitamos
parlamentos ensayados pero vacíos, defendiéndonos de las contingencias con la
armadura que esconde nuestro verdadero rostro, ese que vemos de pasada en el
espejo por las mañanas cuando estamos sin maquillaje y nos pregunta quiénes
somos y vamos a ser.
El silencio
y la paz del verano, como un domingo permanente en el que los días reposan y el
alma respira contemplando el cielo, las palabras que nos pueblan se expanden
abriendo espacios, para contar historias de nuevos países a recorrer, las
palabras amadas que sostienen la Vida y la pueblan de sentido, o lo intentan al
menos en cada mañana, cuando se organizan en un armazón de ideas que nos
sostienen y constituyen en el espacio vacío, minúsculas partículas que danzan y
nos dan identidad, voz y rostro, ondas en el aire que definen siempre quiénes
podríamos ser si abriéramos el alma al viento de los amaneceres que traen
nuevas posibilidades de hacer algo que justifique que estamos erguidos y
sigamos caminando pese a tantas caídas, que lo sigamos haciendo bajo la Luz de
una estrella que nos espera para que un día, en el silencio de la presencia del
Amor, seamos por fin lo que vinimos a ser.
Interpretamos el mundo que ven los demás desde nuestra realidad psíquica. Pero no sabemos cuáles son las vivencias, las historias, los secr...