martes, 11 de febrero de 2025

 

A veces me parece que soy un pájaro percibiendo el cambio de luminosidad de la tarde, la leve brisa que anuncia la lluvia cuando vuelan de un lado al otro para resguardarse en sus nidos. Cada mañana reciben el día con agradecimiento, mientras cantan con toda el alma. Lo despiden por la tarde en una antigua ceremonia nostálgica, quién sabe si tienen certeza de que habrá otro amanecer para ellos.

 

Cada martes y jueves a las tres de la tarde preparaba el portafolios con témperas y lápices de colores y llevando mi carpeta de dibujo número seis como escudo, me disponía a caminar las doce cuadras que me separaban de la Academia Konrad, de la Sra. De Hurtado. A eso de las cinco volvía para merendar, hacer los deberes y mirar las novelas de la última hora de la tarde.

Era un clásico pasarme los sábados desde las dos hasta las seis terminando mis dibujos, mientras en el televisor pasaban alguna película de Tarzán.

Si los materiales hoy son caros, imagino cómo lo serían antes, no sé cómo haría mamá para comprarlos. 

Caminé esas doce cuadras durante muchos años, cruzando la plaza de Punta Alta en diagonal, desde los diez hasta los diecisiete, ida y vuelta. La carpeta crecía y cuando venían visitas era un clásico que se las mostrara, a pedido de mis padres, para mi fastidio. Mi pasión por el color viene desde aquellos años, cuando contemplaba con respeto los cuadros con flores que la Sra. de Hurtado había pintado y decoraban las paredes del sencillo garaje que era la  Academia Konrad, por donde tantos niños/as y jóvenes pasamos en aquéllos años.

 

Hay una niebla en tus ojos que es presagio de lluvia. Cuando el agua acumulada desde hace tiempo se libere y arrastre todo lo que guardaste y ya no sirve, el cielo volverá a aclararse y el aire será tan liviano que va a despertarte en la mañana con una sonrisa.

 

 

A veces el sol sale recién al atardecer. Después de todo un día de lluvia el cielo se abre y él resplandece para despedirse con una sinfonía de colores que borra los recuerdos de las horas pasadas. Quién sabe si saldrá mañana, ni siquiera los pájaros lo adivinan, aunque por las dudas preparan sus nidos para guarecerse como yo escribo estas letras para no olvidarme que el futuro no está escrito ni en los cielos ni en la tierra y que los soles y las lluvias seguirán su camino hasta el fin de los tiempos, cuando el silencio vuelva y el último latido del Cosmos se detenga en un acorde secreto.

 

Creo que heredé de papá la percepción del tiempo de los campesinos, esa parsimonia por dejarlo correr. Uno tras otro los días son iguales, pero distintos. Una pátina los baña desde lejos cuando lo recuerdo, un manojo de fotos en donde recorre el mundo con su moto y el casco amarillo, mientras saluda a las vecinas.

 

 

El verano no era más que eso. Leer de mañana en el patio, a la sombra de la enredadera, bañarnos en la pelopincho, andar en bicicleta, cenar en el patio mirando las estrellas. Las siestas eran largas y los libros también, desplegaban el mundo que nos prometían para cuando fuéramos grandes. El verano era eterno y empezaba justo el día después de mi cumpleaños, con los restos de pan dulce y el turrón que tanto me gustaba. Era pacífico el verano, como un mar cálido en el que flotábamos, sin que existiera el tiempo.

 

 

Cuando no había nada, en el silencio había una palabra escondida, un antiguo eco, 

un mantra oculto que fue despertando los días en un tiempo sin soles ni noches.

Secreta palabra que inundó el vacío con una sonrisa. 

El deseo de ser se hizo flecha en el aire y partió el mundo en dos como una manzana

que mágicamente empezó a florecer.

 Interpretamos el mundo que ven los demás desde nuestra realidad psíquica. Pero no sabemos cuáles son las vivencias, las historias, los secr...