martes, 11 de febrero de 2025

 

A veces el sol sale recién al atardecer. Después de todo un día de lluvia el cielo se abre y él resplandece para despedirse con una sinfonía de colores que borra los recuerdos de las horas pasadas. Quién sabe si saldrá mañana, ni siquiera los pájaros lo adivinan, aunque por las dudas preparan sus nidos para guarecerse como yo escribo estas letras para no olvidarme que el futuro no está escrito ni en los cielos ni en la tierra y que los soles y las lluvias seguirán su camino hasta el fin de los tiempos, cuando el silencio vuelva y el último latido del Cosmos se detenga en un acorde secreto.

 

Creo que heredé de papá la percepción del tiempo de los campesinos, esa parsimonia por dejarlo correr. Uno tras otro los días son iguales, pero distintos. Una pátina los baña desde lejos cuando lo recuerdo, un manojo de fotos en donde recorre el mundo con su moto y el casco amarillo, mientras saluda a las vecinas.

 

 

El verano no era más que eso. Leer de mañana en el patio, a la sombra de la enredadera, bañarnos en la pelopincho, andar en bicicleta, cenar en el patio mirando las estrellas. Las siestas eran largas y los libros también, desplegaban el mundo que nos prometían para cuando fuéramos grandes. El verano era eterno y empezaba justo el día después de mi cumpleaños, con los restos de pan dulce y el turrón que tanto me gustaba. Era pacífico el verano, como un mar cálido en el que flotábamos, sin que existiera el tiempo.

 

 

Cuando no había nada, en el silencio había una palabra escondida, un antiguo eco, 

un mantra oculto que fue despertando los días en un tiempo sin soles ni noches.

Secreta palabra que inundó el vacío con una sonrisa. 

El deseo de ser se hizo flecha en el aire y partió el mundo en dos como una manzana

que mágicamente empezó a florecer.

miércoles, 23 de octubre de 2024

 Está lloviendo, pero entre las nubes recién se asomó el sol, alguien martilla cerca de mi ventana, suenan las campanas de la iglesia del barrio y un zorzal gorjea a lo lejos. Aunque no lo esté viendo, debe haber un arcoiris por ahí.

 Cuando una persona se levanta cotidianamente con un ataque de angustia y palpitaciones, puede llegar a naturalizarlo, tal vez crea que eso le pasa a todo el mundo en el momento de iniciar el día. Cuando una persona se despierta a la mañana y lo primero que piensa es cuántas horas faltan para volver a dormirse, tal vez crea que eso le pasa a todas las demás personas. Cuando ella no puede levantarse, o le cuesta salir a la calle, o interactuar con los demás, tal vez ellos le digan con todo cariño que haga un esfuerzo. Un esfuerzo. Que es lo que ella misma más quisiera hacer y no puede. Porque no tiene fuerzas. Porque tiene miedo. No hay recetas para acompañar a alguien que sufre de ansiedad o depresión, ataques de pánico, trastorno bipolar. Tal vez, entender que la voluntad abandona a veces a las personas, que se salen de cauce, ese en el que muchos parecen moverse con naturalidad o manifestando sus dolencias de otra forma. A todos nos puede pasar o podemos tener a alguien al lado con estas características, que pueden ser transitorias o no. Informarnos para saber acompañarlos es el primer paso, el otro buscar una buena ayuda profesional para el paciente y saber esperar. Y confiar. 

martes, 22 de octubre de 2024

 Prepararnos para salir con mamá, siempre fue un ritual. Un ir y venir entre las habitaciones y cada tanto al baño, para elegir una blusa, una pollera, colocar un dije en el cuello de la otra, subir un cierre, arreglarnos el pelo, ponernos un poco de rouge en los labios, un toque de perfume. Misteriosamente, nunca nos chocábamos. El espejo esperaba paciente el rostro de cada una de nosotras, que íbamos y veníamos silenciosas, en una suerte de danza que pacificaba el alma y nos preparaba para salir al mundo.


 Interpretamos el mundo que ven los demás desde nuestra realidad psíquica. Pero no sabemos cuáles son las vivencias, las historias, los secr...