Hay personas que dicen que tener fe es muy conveniente para poder sobrellevar muchas situaciones de la vida. Y ciertamente, tener fe es un alivio muchas veces. La fe nos conforta, nos dice que lo que sucede tiene un sentido. Eso es ingenuidad, dicen ellos, el opio de los pueblos. Muchas personas fuimos educadas dentro de una tradición religiosa, en Argentina, predominantemente católica. Y así deambulamos durante mucho tiempo por cursos de catequesis, confesionarios y altares, siguiendo normas y cumpliendo preceptos que no entendíamos del todo y sobre todo, aceptando a regañadientes dogmas. La verdad es que a mí en particular, escuchar hablar de fe me fastidiaba, y tal vez me daba un poco de envidia por la solución fácil que ofrecía a los problemas. Pero hubo un día en que bajé los brazos y reconocí abiertamente que no tenía fe, que no sabía lo que era creer en Dios, que hasta entonces solo había sentido vacío al respecto. Fue una víspera de Pentecostés, la noche en la que se celebra al Espíritu Santo, la parte tal vez más misteriosa de la Trinidad. Cuando me desperté a la mañana, solo puedo decir que tuve la certeza de que había Algo más y eso me sacudió profundamente, como lo hacen las grandes cosas que suceden a los veinte años. Podría decir que la fe, como lo hizo con Saulo de Tarso y cuentan los Evangelios, me tiró del caballo. Esa certeza me suele seguir acompañando, como la de algo inexplicable que me habla del misterio que impregna la vida, de la forma que cada uno y cada una la conciba. Algo. Casi siempre está, es raro que desaparezca. Ese Algo me abraza en medio del silencio y me conecta con una esperanza de trascendencia, aunque a veces lo olvide. Seguramente la fe sin la acción , la reflexión, la libertad, la posibilidad de encontrar nuestras respuestas a temas centrales de la vida y traducirla en hechos, es el opio de los pueblos. Crea rebaños de fieles sumisos (y así la iglesia se alió con los poderes de turno durante muchos siglos y lo sigue haciendo, como vemos lo que sucede con la connivencia de los evangelismos con la ultraderecha en las recientes elecciones en Brasil y como lo hizo en algunos casos en las dictaduras). Pero la fe, la conexión con algo más grande que nosotros, es presentir que existe algo más allá de este enjambre de átomos vibrantes que es la materia y es lo que quizás nos permita, algún día, atravesarlos con la mano, como lo hizo Jesús, el Nazareno. Pertenece al orden de lo sagrado, eso que ni siquiera podemos nombrar de tanto misterio y ante lo que solo podemos entregarnos sin demasiadas preguntas, dejando que quizás alguna vez nos roce, en el momento menos pensado.
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