He escuchado muchas veces a mi mamá decir: "yo no tomo mate, yo tomo café", como quien pertenece a una cofradía exclusiva. La he escuchado despotricar cuando los que no son sus nietos le dicen abuela. La he visto hace muchos años, algún fin de semana viajando en el 4L al lado de mi papá, comiendo Cerealitas, el único lujo exclusivo que se permitía en las épocas de muy poca plata, mientras con mis hermanos la mirábamos con respeto. La he visto devorarse uno tras otro cientos de libros, como si corriera una carrera interminable contra sí misma. La recuerdo a los seis, siete años, enseñándome francés con su libro del secundario y recitándome una y otra vez la poesía "Margarita", de Rubén Darío. La recuerdo defenderme como un animal a su cría cuando me atacaban y la recuerdo sentada muchas noches, en una reposera, al lado de mi cama, cuando estuve enferma. La veo ahora cuando hacemos nuestras videollamadas, haciendo yoga en silla, con nuestro grupo de familia y el otro de amigas, contando las mil y una anécdotas que tiene guardadas en su memoria prodigiosa. La recuerdo hoy, a 700 km de distancia y le agradezco por la que creo que es su principal enseñanza, la de no bajar nunca los brazos, como lo hizo y hace ella, y seguir adelante.
No hay comentarios:
Publicar un comentario