jueves, 1 de octubre de 2026

 La virtualidad creció exponencialmente con la pandemia y se instaló en muchas actividades, entre ellas en el espacio terapéutico. Escribo esto desde mi experiencia de paciente. La terapia virtual me acompañó y me acompaña muchas veces, en momentos en los que, por determinadas circunstancias, no puedo trasladarme físicamente hasta el consultorio, pero mi experiencia entre ambas modalidades es totalmente distinta. Llegar al consultorio del terapeuta es llegar a un espacio de contención, en donde podemos aflojarnos. Me ha pasado, alguna vez, apenas traspasar la puerta y sentarme, el ponerme a llorar sin saber bien por qué, tal vez porque algo se había descomprimido. En mi experiencia personal, como paciente, puedo decir que conecto con el cuerpo del terapeuta, con toda su gestualidad, con su respiración, con sus silencios, sus cambios de postura. Uno lee, o por lo menos yo lo hago, un número enorme de señales que, cuando hay conexión entre terapeuta y paciente, van generando una regulación inconsciente. El consultorio es un lugar aislado del mundo, cuidado, protegido. Y en ese sentido, para mí, necesario. Celebro que exista la posibilidad de la virtualidad cuando por distintas circunstancias la presencialidad no es posible, pero al menos para mí, esta última es irreemplazable.

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