Me gusta mirar todos los días al pequeño hipocampo de plástico que tengo en un estante entre mis plantas de interior, subido a su pedestal que dice "Monte Hermoso". Seguramente, todos recordamos verlos lucirse en los comercios de la costa, en medio de los adornos hechos con caracoles y otras yerbas. De alguna de esas recorridas curiosas de las noches de verano, llegó a mi casa. Es cierto que hubo un tiempo en que vivió desterrado en el fondo de algún cajón, pero no hace mucho volvió a la luz y allí está, marcando el pulso de los días. Virando del azul brillante, al violeta y por último al rosado, según el aumento de la cantidad de agua del ambiente (gracias a que están cubiertos de un material poroso llamado gel de sílice que absorbe la humedad del aire y que tiene incorporada una sal, cloruro de cobalto, que cambia de estructura en contacto con el agua), mi pequeño meteorólogo me anuncia mejor que nadie los cambios del clima. Guarda la ternura de todos los que alguna vez los tuvimos en nuestra infancia y me une a ellos, cuando miro como hoy, caer la lluvia y lo veo brillar orgullosamente teñido de rosa.
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