Hay personas a las que le sucede a la inversa. De día su mundo está organizado en agendas, estantes, reglas para la convivencia, explicaciones racionales para todo. Pocas cosas pueden derribar la estabilidad. Pero tal vez de noche los fantasmas los asalten. La sospecha de que todo eso tiene poco o ningún sentido, el miedo a la aniquilación, a la muerte, a un lugar del que nunca se vuelve, al caos sin sentido. El terror nocturno los asalta y por eso el despertar es un alivio, el volver a poner los pies en la tierra que, de día les parece firme. (Por supuesto que estas dos posturas son extremas y en general oscilamos entre ambas, en distintos momentos de nuestra vida, sin embargo, creo que en algunas personas siempre una de ellas predomina sobre la otra).
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