Cuando me perdía entre las hojas del cuaderno, el futuro era
de scons y tacos altos. Las nueces se picaban chiquititas, como era mi mundo en
ese entonces. Las recetas se plegaban en libretas, cada tarde cuando volvía de
la escuela. Los jazmines no escondían su perfume y al dar vuelta el espejo aún
me veía.
martes, 9 de abril de 2019
jueves, 4 de abril de 2019
No se murió el tío Néstor. Se me murió. La pequeña historia que me contaba de cuando se me llenó la cabeza de rulitos. El no poder pronunciar el tí...o..como si le diera un beso de bienvenida con cada letra. Sus rasgos en mi rostro y su dolor en mis manos. Tanta soledad desesperada y dignidad infinita.
Choco-choco-la-la, tus manos sonríen con las mías. Choco-choco-te-te, esperanza de una semana sin fin que se consume en efímera hora y media de amor paterno, de amor de hijo. Choco-la, intensa conexión con tu mirada, ojos café con leche que son suficientes para pausar y diluir, por un instante, la interminable angustia que me acosa en cada esquina. Choco-te, te veo, te siento y mis fibras se anudan, entretejen un tejido de emoción manchado por un dolor que desconcierta.
Cho-co-la-te, termina el juego, tu sonrisa comienza a alejarse y el sentirme vivo viaja hacia una nada oscura que me invade, que se prolonga en ese pasillo donde desapareces por siete días eternos e interminables.
Rafael Bitrán
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