Digamos que mi mamá nunca fue muy religiosa. Nosotros habíamos sido bautizados y tomamos la comunión, y yo fui a escuela religiosa, pero mi abuelo, socialista , no era muy amigo de la iglesia, y mi mamá fue bautizada y tomó la comunión a destiempo. No estuvo acostumbrada a rezar ni nada que se le parezca; sin embargo, hubo una pequeña oración que nos enseñó cuando éramos chicos con mucha ternura: era la oración nocturna al ángel de la guarda. Al lado de mi cama, había un cuadro de esos clásicos de la época, con los niños jugando al lado de un arroyo en donde se les había caído la pelota, y este ser celestial, detrás, protegiéndolos con sus alas desplegadas. Me dormía mirando esa imagen, con un poco de temor por el peligro que entrañaba y observaba con respeto al ángel. Es natural entonces, creo, que sienta cerca mío la presencia de mi amigo protector, que me cuida desde hace tantos años y me ha hecho la vida más fácil.
viernes, 28 de abril de 2023
martes, 28 de marzo de 2023
Anoche tuve un sueño precioso. Trabajaba en una empresa, que se dedicaba a la investigación en ciencias biológicas, en el Polo Norte. Mi jefe, me daba como tarea recorrerlo en cuatriciclo, en circunvalación, para hacer un relevamiento. Pero yo, en lugar de eso, hacía un recorrido mucho más pequeño. Era hermoso. Estaba todo cubierto de nieve y la gente caminaba en círculos, como en una plaza. Había árboles florecidos con suaves perfumes. La sensación era de luminosidad, paz y sí, también algo parecido al deleite, o la felicidad.
jueves, 16 de febrero de 2023
Hace unos días, Buenos Aires se vio invadida por miles de panaderos, provenientes de los incendios de las islas del Delta. Los trajo el humo que cubrió de a ratos la ciudad y allí están, desparramando su fragilidad invencible, esperando que algún soñador atento los sople despacito, pidiéndoles un deseo. Muchos de los habitantes, apurados ellos, los ignorarán, como al fuego cercano y destructor. Las pequeñas flores traen su mensaje de alerta para los oídos atentos.
domingo, 1 de enero de 2023
Hizo falta el encierro de la pandemia para que, al ver imágenes del mar por televisión, me preguntara cómo lo había ignorado durante largos años. Me parecía ser una especie de animal impetuoso, incansable. Me prometí entonces que en las próximas vacaciones iría a visitarlo.
Al llegar, el mismo desconcierto de siempre. Esa experiencia inasible en la costa, ese ir y venir inexplicable, la fascinación mezclada con un poco de miedo. Me digo entonces que no lo puedo comprender, que ante él deben caer todas las barreras de la conciencia.
Puedo pensar y comprender que es el origen de la vida y que en sus fosas submarinas existen mundos desconocidos. Puedo preguntarme qué hay detrás del horizonte que estoy mirando. Puedo explicarme por qué el sol se pone en el mar y el movimiento de las mareas. Puedo tranquilizarme diciendo que, después de todo tiene límites y que, si seguimos así, de a poco le seguirá ganando terreno a la costa. Puedo sentirme ajena a la cultura de bronceador y sombrilla, de reposera y tejo.
Pero de nuevo me rindo al contemplarlo, mientras abrazo, protegiendo del viento, a la niña que hace tiempo jugaba en la arena, a la mujer que naufragó en la tormenta tantas veces, pero nunca dejó de confiar en sus fuerzas para salir a flote y a la que lo sigue haciendo empecinadamente mientras escribe.
viernes, 23 de diciembre de 2022
Siempre me gustaron los aviones. Cuando éramos chicos, un plan excelente de fin de semana era ir a verlos despegar al aeropuerto y así pasábamos la tarde.
El martes 20 de diciembre a la medianoche, me preparé para ver la llegada a Ezeiza de la Scaloneta por televisión. Y fue así como iba siguiendo en la pantalla la imagen del avioncito que señalaba su posición geográfica. Lo visualizaba entonces llegando desde el Atlántico al continente americano, pasando por Misiones, atravesando Uruguay y por último cruzando el Río de la Plata. Mi expectativa era cada vez mayor a medida que el avión se acercaba. La tele, a veces con el volumen bajo y otras en silencio, acompañaba en mitad de la noche. La ventana abierta al cielo de verano, casi sin nubes. Iba haciendo zapping, buscando las mejores imágenes para ver el descenso de los jugadores. Escucho entonces que el avión tenía autorización para volar bajo sobre la avenida 9 de julio, a manera de agradecimiento para las personas concentradas en el Obelisco. ¡No les digo mi emoción! Fui corriendo hacia la ventana y ahí estaba, llegando a Buenos Aires, con un brillo de lucecitas que se prendían y apagaban. Y así fue como se materializó esa imagen. Y mi alegría fue total. La misma que les deseo a ustedes en estos días de Navidad.
lunes, 3 de octubre de 2022
Estoy descubriendo algo (un poco tarde tal vez): a no pedirle demasiado a los días. A no pedirle demasiado a las personas. A no pedirme demasiado a mí misma. No es ser conformista. Es convivir con errores, cosas que a lo mejor no salen del todo cómo esperábamos, personas que tienen comportamientos que no nos gustan del todo. Los días que no son todos esplendorosos, pero sin embargo se dejan vivir, con luminosidades atrayentes, como las personas, como nosotros mismos. No somos perfectos, nada es perfecto. Asimilarlo nos trae mucha paz.
Interpretamos el mundo que ven los demás desde nuestra realidad psíquica. Pero no sabemos cuáles son las vivencias, las historias, los secr...
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No recuerdo cómo fue que la Encíclica Rerum Novarum llegó a mis manos a fines de los 80, la leía con una mezcla de ilusión y respeto, el mis...
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Quiero reflexionar sobre lo que significa la expresión para mí, tanto en la escritura como en el dibujo o la pintura. No elijo desde la con...