viernes, 21 de noviembre de 2025

 

En el patiecito rojo, como lo llamábamos, debajo de la enredadera, teníamos con mi hermano nuestro improvisado taller mecánico. Nos dedicábamos empeñosamente a desarmar todos sus autitos de plástico, para luego sumergirlos en una palangana de metal, en donde los lavábamos en un desbarajuste de carrocerías, ejes y ruedas, que después era imposible compaginar correctamente. A unos metros nomás, papá, con los dedos llenos de grasa, armaba y desarmaba su querida Gilera, mientras un lazo cómplice y silencioso nos unía, en las mañanas de verano.

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