La pintura nos va guiando y nos va diciendo, como en la vida, cuando avanzar y cuando esperar, o retirarnos. Nos enseña a observar, a respetar, a sostener y soltar, confiando en la intuición.
En la pintura se combinan lo racional y lo inconsciente, lo que se muestra y lo que se intenta esconder y no obstante se revela. Es una suerte de espejo que imita nuestros impulsos, sentimientos y pensamientos entremezclados, transformados en pinceladas y gestos, como los de nuestro rostro, las inflexiones de nuestra voz. Lo que deseamos y lo que tememos, lo que le pedimos al cielo. La pintura nos abraza y es un paisaje al que siempre podemos volver, porque, en un mundo inhóspito, nos contiene.
