sábado, 6 de junio de 2015
De nuevo el mar
Muchas veces he caminado por la costa contemplando el mar. Me he mojado los tobillos y me ha seguido algún perro abandonado, de esos que se adueñan de la playa. Un verano caminé tanto que sentí que se abría toda mi espalda por el masaje de mis pies con la arena. Era un diciembre solitario, presagio de un tiempo que vendría. Leía a la sombra de algún tamarisco y soportaba las ráfagas de viento frío. Veo mi vida en fragmentos y recuerdo a algunas personas con las que fui al mar. La costa atlántica inmensa y vacía en las caminatas con mi hermana, el sendero a través de los árboles que nos llevó hasta un barranco en el que nos sentamos con mi novio a contemplar un atardecer. Una medianoche cálida bailando descalza a la orilla del agua, una mañana en un triste parador tomando un café y el mar a lo lejos, detrás de interminable filas de reposeras. Y por último y una vez más, el barro, los pescadores, los eucaliptos y la antigua playa del humedal.
Gabriela
Cada madrugada Gabriela bajaba los escalones de madera para ir hacia el mar. Esa noche avanzó hasta que el agua le llegó a la cintura. Inclinó el torso hasta humedecer su cabeza, como si así pudiera liberarse del cansancio. Flexionó sus piernas y se hundió totalmente. Cuando emergió dio dos o tres brazadas y se quedó flotando, a merced del movimiento de las olas hasta que comenzó a sentir frío. Entonces regresó hacia la orilla, se acostó en la arena, durmiéndose enseguida, y soñó de nuevo esa antigua secuencia. Iba caminando junto a una amiga por la costa, discutiendo violentamente, cuando en el medio del mar se levantaba una inmensa iglesia hecha de cera. Al llegar a la cúspide se deshacía y se derramaba sobre las aguas, que se encendían en llamas feroces que avanzaban hacia la playa colmada de gente. Se despertó sobresaltada con los gritos de unas gaviotas y la luz del sol. Fueron llegando los pescadores, los caminantes y contempló sus manos, largas y delgadas, que se hundían en la arena, recogiéndola en puñados y dejándola caer, crispándose cada tanto. Entonces comenzó a llorar en silencio y se alejó hacia la rambla.
El sonido del mar
En la casa de mi niñez había grandes caracolas traídas de quien sabe dónde. En las siestas de verano las colocaba sobre mis oídos para escuchar el sonido de las olas. Nunca conseguí explicarme cómo se producía este hecho cuasi milagroso. ¿Cómo había conseguido ese reluciente caparazón atrapar algo de la esencia del océano? Esa potencia del agua se manifestaba plena cuando viajábamos con mi familia a Monte Hermoso. Recuerdo la sensación de vértigo al recorrer las calles que descendían hacia el mar, en una imagen de desmesura imposible de olvidar.
El humedal
Aquel humedal había sido antiguamente el lecho de un río; lo murmuran las olas mientras imprimen su huella en la costa barrosa. En él se esparcen manchones de vegetación en los que habitan algunos cangrejos intimidatorios, sobre todo para los pies infantiles. En la pleamar el agua llega hasta una muralla de afiladas rocas; caminar sobre ellas siempre fue un desafío a las leyes de la física. A escasos kilómetros se encuentran unas islas de las que hace poco tiempo partió su último habitante. Su nombre es Arroyo Pareja y de ese lugar provienen mis primeras imágenes del mar.
Espera en la oscuridad
Me sentaré frente a la hoja en
blanco y entonces empezaré a dibujar. Trazaré solo unas líneas firmes que
delimiten las zonas que quiero trabajar. Recién después iré buscando otras
formas. He decidido que no me moveré de aquí hasta que se consuma el sahumerio
que acabo de encender. Y es probable que cuando pase esto encienda otro. Y una
vela. Voy a ver cómo desaparecen las
luces de los edificios, apagaré todas las lámparas de mi casa para dejar que
mis ojos se acostumbren a la oscuridad. Seguiré dibujando a ciegas. Estará todo
en silencio hasta que el lápiz descanse sobre la mesa. Me quedaré quieta hasta
sentir el temblor en mis pies. Esta noche voy a girar con la Tierra. Dejaré que
me atrape en su movimiento envolvente y
bailaré con ella. Cuando vuelva me
acostaré despacio. Seré la única que perciba los restos de una vibración
agitada en los pisos. Y esperaré hasta que desaparezcan las estrellas que
iluminaban mi pasado. Permaneceré inmóvil en la oscuridad hasta que se
desvanezcan. Hasta que todos mis recuerdos se esfumen y mi mente pueda abrirse liviana
con la luz del amanecer.
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