sábado, 6 de junio de 2015

Gabriela

Cada madrugada Gabriela bajaba los escalones de madera para ir hacia el mar. Esa noche avanzó hasta que el agua le llegó a la cintura. Inclinó el torso hasta humedecer su cabeza, como si así pudiera liberarse del cansancio. Flexionó sus piernas y se hundió totalmente. Cuando emergió dio dos o tres brazadas y se quedó flotando, a merced del movimiento de las olas hasta que comenzó a sentir frío. Entonces regresó hacia la orilla, se acostó en la arena, durmiéndose enseguida, y soñó de nuevo esa antigua secuencia. Iba caminando junto a una amiga por la costa, discutiendo violentamente, cuando en el medio del mar se levantaba una inmensa iglesia hecha de cera. Al llegar a la cúspide se deshacía y se derramaba sobre las aguas, que se encendían en llamas feroces que avanzaban hacia la playa colmada de gente. Se despertó sobresaltada con los gritos de unas gaviotas y la luz del sol. Fueron llegando los pescadores, los caminantes y contempló sus manos, largas y delgadas, que se hundían en la arena, recogiéndola en puñados y dejándola caer, crispándose cada tanto. Entonces comenzó a llorar en silencio y se alejó hacia la rambla.

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