A veces me quedo suspendida es una esquina, en el momento de cruzar la calle, para desesperación de los automovilistas. Sin embargo, nunca estoy tan consciente como entonces.
sábado, 26 de septiembre de 2020
martes, 22 de septiembre de 2020
martes, 15 de septiembre de 2020
martes, 8 de septiembre de 2020
En mi infancia puntaltense, el día del maestro representaba muchas cosas: el acto escolar con el Himno a Sarmiento, la ceremonia en el Parque que lleva su nombre, pero sin embargo, los hijos y las hijas de las docentes de escuela primaria a fines de los setenta, o principios de los ochenta, tenemos un recuerdo especial.
El 11 de setiembre, después de la escuela, mamá llegaba a casa cargada con una o dos bolsas llenas de regalos. No era aún la época en que los padres se juntaban para comprar un único regalo, y menos la de grupos de whatsapp, tan prácticos y modernos.
No. En esa época, cada nene, cada nena, le llevaban un obsequio a su maestra, y lo hermoso era la variedad. Había platitos que se colgaban en las paredes como adorno, cadenitas con dijes, pañuelos para el cuello, alguna lapicera o agenda, colonias o perfumes en extracto. No importaba qué era sino el amor que irradiaba cada pequeño objeto, elegido con cuidado. Recuerdo una cajita de música, que también era alhajero...especialmente gloriosa.
Mi mamá los iba sacando de a uno de un montón de papeles arrugados, moños y tarjetitas con letra infantil y los desplegaba sobre la mesa del comedor para que pudiéramos apreciarlos. Con un poco de suerte, mis hermanos y yo "ligábamos" alguno.
Extrañé mucho esas épocas cuando los padres buscaron la practicidad y empezaron a hacer regalos grupales. La extrañé como extraño a todas las queridas maestras de esa época, con las que compartí mi infancia.
Un feliz día y un abrazo a enorme a todas, con mi agradecimiento y mi más afectuoso recuerdo.
sábado, 5 de septiembre de 2020
Nunca tuve muchas cábalas, pero hay una que recuerdo con cariño especial. Cuando era estudiante, no rompía ningún papel borrador antes de rendir un final. Conservaba hasta los más insignificantes, los de pequeños cálculos o dudas por resolver. El día que rendía, si aprobaba, los tiraba a todos en un acto de limpieza. Ese pequeño rito organizaba mi vida con esperanza.
Desde que paso mucho tiempo en casa, me he vuelto (si se puede) más reflexiva y memoriosa. Reconstruyo historias, interpreto hechos, entonces me alegro o me asombro. Nunca me canso de volver a contarme los relatos míticos que tuvieron suceso, de observar las marcas que fueron dejando. Capa por capa voy excavando y vuelvo a empezar.
Se habla mucho de la falta de abrazos en la pandemia, sin embargo no se habla del olfato más que para alertarnos si lo perdemos por el virus. Me hace falta el olor a pasto, a tierra húmeda y a libro viejo. A café recién molido y a tuco en familia. El olfato abre la puerta de lugares inaccesibles como nadie.
Hay una sombra colectiva en la sociedad, amenazante. Es esa sombra, fruto del odio y la desesperación de la gente que siente que no importa...
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Cada tarde, abríamos las ventanas para darle paso al tiempo. La casa tenía el rumor de los grillos perdidos. A veces, el color era el mismo...
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La luz envejece en la habitación. Y yo, pidiendo una frase, una sola frase que me sirva de escudo entre tanta fiebre. Eso necesito para no ...
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Hasta dónde se expande una sonrisa? Si se pudieran fotografiar las milésimas de segundo durante las que unos labios, unos ojos, los músculos...