Hay una sombra colectiva en la sociedad, amenazante. Es esa sombra, fruto del odio y la desesperación de la gente que siente que no importa quien gobierne, les va mal y son los que pagan las consecuencias. Odio, claro está, alimentado por los medios que distorsionan discursos en donde ya no se sabe quiénes son los buenos y quiénes los malos, porque las aguas están mezcladas, turbias, barrosas. Ese odio es el que vota a una persona que en su nombre y blandiendo una motosierra, promete destruir todo para liberarlos y que puedan renacer. ¿Qué sucede entonces cuando el gran liberador demuestra ser un corrupto igual que todos los que él señalaba como tales? ¿Serán capaces los excluidos de darse cuenta y reconocer que fueron engañados nuevamente? Hay una sombra colectiva amenazante. Que este afán de destrucción no nos lleve puestos quizás sea posible si volvemos a preguntarnos cada día qué es ser humanos y si aunque sea desde los micropuentes que podemos tender entre los más cercanos/as que tenemos, podemos sostenernos y recuperar la esperanza.
Castalia despeinada
sábado, 22 de febrero de 2025
martes, 11 de febrero de 2025
La pintura, el dibujo, son profundos, oscuros, la palabra es la soga que me ayuda a emerger de las profundidades para poner claridad, aire, luz, límites, respirar,
el dibujo bucea profundo en tierras
desconocidas, abismos en donde flotan oscuros seres de otros mundos con ojos
fantásticos, rostros desgarradores,
ojos que quieren hablar y contar
historias de dolor, de sufrimiento,
quieren hablar, decir, gritar lo
que no pueden conjurar más que mirando en un trazo que los refleje, tanta nada
de todos los días, miseria de la existencia que nada y nada en regiones de
aguas oscuras y se sofoca y se ahoga y no sabe por qué está, no sabe nada, pero
sigue y escribe y dibuja y habla por teléfono como si tal cosa
y la vida va y viene como una línea, un
murmullo gris, un sonido roto, una caricia que nunca llega, nunca llega,
mientras los días pasan y la vida persiste y se enciende una vela en el fondo
del alma que ilumina el cielo de la medianoche para mantener la esperanza, la
soga que hace emerger el día, la esperanza, esa sonrisa del alma, el día sin
pensar en que amanezco sin darme cuenta y está el cielo gris como me gusta y un
aire húmedo y algunos pájaros y tal vez llueva, tal vez llueva de nuevo, de una
vez en el corazón y se alivie la pena que guardan los días de las sombras, la
negrura, la negrura blanda de dónde venimos.
Después de
tantas palabras que agitaban la noche, comprendí que contemplando la luna de febrero
podía dejarme llevar hacia ese estado anterior al sueño, en el que las ideas se
esfuman mientras algunas visiones resplandecen más claras, a salvo de la
confusión del día. Impávida pero contenedora, amenazante a veces, la luz
plateada se refleja en algunos rostros cuando piensan en cuidar a alguien y
protegerlo de todo mal, que esté a su alcance.
Llegó el
tiempo de aprender a caminar de nuevo, de habitar nuevas ciudades, destilar
palabras que emerjan desde lo profundo del agua barrosa, palabras que la luz
atraviesa en medio del silencio y con antiguos códigos transmiten mensajes de
un mundo perfecto desde lo imperfecto. Desde la grieta de la antigua herida
surge la huella dorada como recuerdo y señal de lo vivido, para no olvidarlo y
compartirlo, poblar de carteles luminosos las rutas y caminos con manos que
señalen el cielo, con raíces de ombúes desde donde anclarnos para albergar
pájaros que despidan el día en los atardeceres.
Voy al mar
todas las tardes, camino descalza en la arena hasta el agua y juego con la
espuma que va y viene. Las gaviotas vuelan a lo lejos y se respira una brisa
fresca que estimula. El sol es suave a esta hora, el cielo se va volviendo de
un color entre rosa y anaranjado a medida que atardece. La playa está desierta,
solo se oye el murmullo de las olas en su eterno retorno. La profundidad del
azul se extiende sin límites. El mar, ese misterio de dónde venimos al que viajo
en silencio cada tarde desde mi solitaria habitación. En las sombras de la
pared, en el ir y venir de las cortinas y en el eco de los sonidos de los
automóviles y el tren, el mar también va y viene y nos unifica, vive en
nuestras mentes y en los sueños a donde viajamos por las noches. Sin saberlo,
el mar nos envuelve y acuna y volvemos a ser niños que esperan nacer.
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